Me ha pasado algo que me ha hecho replantearme seriamente si tengo algún tipo de imán para atraer a los caraduras. Doy clases en un instituto y, además, colaboro a tiempo parcial con la universidad, en el Centro de Idiomas. Como suelo ser bastante paciente y empática, siempre acabo con los becarios que necesitan hacer sus prácticas tras terminar el máster.
En enero llegó una becaria muy peculiar. No era la típica recién graduada de veintitantos: tenía 44 años y había empezado a estudiar tarde. En mi opinión, eso no le restaba méritos. Al contrario, pensé que merecía el mismo apoyo que cualquier otro. Así que la ayudé en todo. Venía muy perdida: confundía a los estudiantes en clase, les daba tiempos absurdos para las actividades o, al contrario, se alargaba hasta el aburrimiento, no sabía aplicar los criterios de evaluación. Tampoco habla bien inglés (decía tener un B2) pero no se entendía con los alumnos de A1 y A2…Vamos, un caos al principio.
Poco a poco fue mejorando, pero la tenía encima todo el tiempo. Me pedía materiales, me preguntaba absolutamente todo y, para colmo, empezó a llamarme los fines de semana. Para ser sincera, la memoria de prácticas se la hice yo casi por completo.
No quiero extenderme demasiado, pero en abril nos enteramos de que iba a salir una plaza para trabajar en verano a tiempo completo. Me presenté. Después descubrí que ella también.
Y aquí viene lo fuerte: ayer, una persona que trabaja en contrataciones me dijo que tuviera mucho ojo con ella. Resulta que se reunió —por iniciativa propia— con el director del Centro de Idiomas. Salió mi nombre en la conversación, y ¿sabéis qué hizo? Habló mal de mí. No una crítica constructiva, no. Dijo que yo no tenía el carisma suficiente para dar clase, que a los alumnos les hacía falta alguien con más garra, con más personalidad. Que yo valía más para la parte administrativa.
Me quedé de piedra. Lo peor es que el director no la cortó, la escuchó hasta el final. Obviamente no la contrataron —hay muchísima gente más preparada y profesional que ella—, pero me dejó helada el nivel de manipulación y desfachatez.
A veces pienso que debería llamarla y pedirle explicaciones, pero no quiero meter en un lío a la persona de contratación que me lo contó. Lo que sí tengo claro es que hay personas con un grado de psicopatía sorprendente. Lo más fuerte: a esta mujer le abrí las puertas, le tendí la mano… y ella intentó cortármela
