Hay citas médicas que nunca apetecen demasiado. No porque sean largas o complicadas, sino porque implican una situación incómoda y muy personal. Las revisiones ginecológicas suelen entrar en esa categoría para muchas mujeres. Aun así, vamos. Porque sabemos que son importantes para nuestra salud.
Esta historia empezó así: con una cita médica que tenía que hacerme.
Fui a mi centro de salud para realizar una prueba relacionada con ETS. En concreto, una PCR endocervical, que se realiza prácticamente igual que una citología o un Papanicolau.
Sobre el papel era una prueba rutinaria.
Pero yo estaba muy nerviosa.
Entre la preocupación por el resultado y lo incómodo del propio procedimiento, llegué a la consulta bastante tensa. Cuando entré, la médica me indicó que me tumbara en el potro para empezar la exploración.
Para realizar la prueba es necesario introducir un espéculo para poder ver el cuello del útero (el cérvix) y tomar la muestra. Es un procedimiento muy habitual.
El problema fue que mi cuerpo estaba completamente rígido por los nervios.
La médica intentó introducir el espéculo, pero no conseguía localizar el cérvix. Lo intentó varias veces mientras yo intentaba relajarme, cada vez más incómoda con la situación.
Y entonces pasó algo que todavía recuerdo perfectamente.
En un momento dado, la médica cogió literalmente con una mano la molla de mi barriga.
La agarró sin más y dijo:
—Con lo gorda que estás y lo nerviosa que estás, así no voy a poder hacerte la prueba. Al final vas a tener que venir otro día.
Me quedé completamente paralizada.
No supe qué decir. Ni protestar. Ni reaccionar. Simplemente me quedé mirando al techo intentando procesar lo que acababa de pasar.
La enfermera que estaba en la consulta debió notar mi cara, porque enseguida intervino intentando suavizar la situación.
—No te lo dice por nada —me dijo—. Te lo dice para ver si así te relajas y podemos explorarte mejor.
Pero sinceramente, aquel comentario no tenía arreglo.
Lejos de ayudar, lo único que consiguió fue que me sintiera aún peor en un momento que ya era bastante incómodo de por sí.
Aun así, la prueba tenía que hacerse.
Después de insistir un poco más y de que yo intentara tranquilizarme como podía, finalmente consiguió localizar el cérvix y tomar la muestra.
La exploración terminó.
Me bajé del potro, me vestí y salí de la consulta.
Y en cuanto crucé la puerta… me puse a llorar.
No fue solo por la frase en sí. Fue por la sensación de haber sido tratada sin ninguna empatía en un momento en el que lo que más necesitaba era justo lo contrario.
Ir al ginecólogo ya es una experiencia delicada para muchas mujeres. No es una consulta cualquiera. Es un contexto muy íntimo en el que se espera profesionalidad, sí, pero también respeto y tacto.
Porque una cosa es realizar una exploración médica y otra muy distinta hacer comentarios sobre el cuerpo de una paciente mientras está en una camilla.
En conclusión, salí de allí sintiéndome profundamente violentada y humillada.
