Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Está claro que la familia no la eliges y que esta te viene impuesta. Muchas veces intentas pensar en todo lo positivo que tienen tus padres y en la suerte que tienes de tenerlos. Te convences de que podría ser peor, de que hay personas que no tienen la suerte de tener un padre o una madre, y piensas que no te han tratado mal, que lo han hecho lo mejor que han sabido con sus herramientas emocionales del momento, y te consuelas con ello. Aun así, no puedo evitar que mis padres me decepcionen porque no puedo entender su forma de pensar.
Llevo cinco años con mi pareja, tenemos una relación maravillosa y es una persona que siempre me ha tratado genial, considero que tengo mucha suerte de tenerlo. Tenemos una estabilidad emocional y una buena posición económica, por lo que hace un año decidimos ir a por el embarazo. Afortunadamente, no nos costó y ahora estoy embarazada, esperamos una niña. Los dos estamos muy ilusionados con ello.
Al poco tiempo de saber que estaba embarazada y de que todo estaba yendo bien, decidí darle la noticia a mis padres. Como son algo especiales, ya que son personas que jamás han expresado sus sentimientos, que les cuesta expresar el cariño, la tristeza e incluso la alegría, sobre todo a mi padre, no sabía cómo iban a reaccionar. Igualmente, nunca pensé que no les haría ilusión o que su respuesta sería de disgusto.
Al darles la noticia, mi madre contestó con frialdad, como si le hubiese dicho que mañana iba a comer a mi restaurante favorito. Pero lo peor no fue su reacción, sino la de mi padre. Dijo que no entendía por qué iba a ser madre, si siempre había dicho que tenía claro que no iba a tener hijos. Es cierto que yo pensaba que no iba a tenerlos, no soy alguien a quien le apasionen los niños, y muchas veces había creído que ser madre tenía más inconvenientes que satisfacciones. Aun así, ya hace años que cambié de opinión, cuando conocí a mi pareja y vi que éramos compatibles; él me expresó su deseo de ser padre y pensé que podía ser algo que yo también quisiera hacer con él. Formar una familia juntos se convirtió en una gran ilusión.
Mi madre, al día siguiente de darles la noticia, me llamó. Me dijo que no entendía por qué me había ido de aquella manera de su casa, que era normal que ellos se hubieran sorprendido cuando siempre había manifestado que no quería ser madre. Hace años que yo no decía que no quería serlo, hace años que ya cambié de opinión y decía que no lo tenía claro. Entiendo que sea difícil aceptar mi cambio, pero no entiendo su reacción, la de ninguno de los dos.
Estuve unos días llorando y creo que en ese caso no fueron las hormonas quienes me estaban jugando una mala pasada, la ilusión por ser madre se había hecho algo más pequeña al ver la poca ilusión que les hacía a mis padres. Creí que deberían estar contentos de ser abuelos o, al menos, disimularlo. En un momento tan trascendental en mi vida ellos no estaban ahí para demostrar que estaban a mi lado, parecía que estaba haciendo algo mal, me sentía como si les estuviera decepcionando.
Pienso que cualquier padre estaría orgulloso de ver en la mujer en la que me he convertido, de la pareja que tengo, de cómo gestiono mi vida, y eso debería hacerles ver que la niña que vamos a tener será muy afortunada.
Han pasado meses desde que les di la noticia, mi hija está a punto de nacer y ellos no han cambiado de opinión. No me preguntan qué tal va mi embarazo ni nada que tenga que ver con ello. Hablamos a menudo, pero nunca de este tema. Es como si mi hija no existiera para ellos. No sé cómo va a acabar mi relación con mis progenitores, pero al actuar así más cuenta me doy de que no quiero parecerme a ellos y que mi hija siempre me tendrá a su lado, decida lo que decida.
