Por favor, levantad la mano si estáis conmigo en esto. Que ni me pesa ni me apena, la verdad, pero un poquito me sorprende cuando lo pienso.
Estoy embarazada de 7 meses y la última vez que insertamos tornillo en tuerca fue, creo yo, para engendrar. Ay, madre mía, que no sé si eso se habrá vuelto a cerrar y luego la niña no va a poder salir o algo.
Mi marido y yo llevamos juntos más de 10 años, él tenía 23 y yo 26 cuando empezamos. Una fiesta todo, la verdad. El sexo era diario, a veces doble, y bastante satisfactorio diría yo. Me acuerdo mucho de un amigo que me dijo que esperara a vivir juntos y la rutina, y yo convencida de que eso no tenía por qué cambiar nada. Bueno, llegó la convivencia, los horarios de trabajo, las cargas de la casa y el ritmo bajó, pero seguíamos sin quejas. Optimizábamos las duchas, las siestas, el llegar de fiesta, y a mí me encantaba cuando había poco tiempo agarrarme al micrófono y no precisamente para hacer karaoke, ya me entendéis.
Boda, hipoteca y mudanza y primer embarazo. Todo en la misma semana. Y ahí empezó la decadencia. Cuando nació el niño el ritmo bajó muy drásticamente, pero estábamos tranquilos, yo tenía aquello sensible y las imágenes de un parto sin epidural con desgarro y episiotomía no se me iban de la cabeza. La teta de noche, las visitas, los horarios… No sacábamos mucho tiempo pero todo ok. El problema fue cuando empezaron a pasar las semanas, meses y lo hacíamos esporádicamente. Yo ahí empecé a pedir candela, aunque he de reconocer que resultaba difícil encontrar el momento, pero sí, yo más, quiero y quiero más de lo que tú me das. Entre unas cosas y otras iban pasando los meses sobreviviendo, con alguna temporada mejor, otra más floja… Y yo dándome cuenta de que no solo el tiempo y la crianza afectaban sino que la carga que muchas veces llevamos las madres, pasa factura. Me ponía más cachonda ver a mi marido pasar la fregona por iniciativa propia que me rascara la pepitilla en el sofá. Luego decidimos ir a por el segundo bebé y esto lo sabemos todas, el sexo se convierte en deberes. Tiene su gracia, pero pierde todo el encanto. Fue una gozada esos 4 o 5 polvetes en los que no tuvimos que usar preservativo, nos animó mucho a los dos, pero la diosa de la fertilidad nos complació con un bebé en el primer intento, y ahí si, señoras y señores, el comienzo del viaje por el desierto.
Empezaron las náuseas antes incluso de hacerme el test. Un verano en el que el calor, los mareos y los vómitos me acompañaron día y noche. Vamos, lo último que pensaba yo era en que nada entrara a mi cuerpo por ninguno de mis orificios. Mis amigas bromeaban con que mi marido estaba pasando hambre, a mí, gracia no me hacía ninguna, y lástima tampoco. Yo estaba tan mal que ni lo echaba en falta y él estaba tan bien, que yo solo quería que él también lo pasara mal. Me gastaba mis dineros en las pastillas para las náuseas, y aun así, la cosa no mejoraba, de hecho, entro en el tercer trimestre y sigo igual. Revisión de la semana 20 y mi lívido seguía ausente cuando en la ecografía me dicen que tengo la placenta baja y que evite las relaciones. Tranquila, no será difícil le digo. Y aquí seguimos, en el celibato, que desde luego tiene pinta de enlazar con el final de embarazo, parto y posparto.
Es increíble a la vez que me da igual. Espero que sea como montar en bici y pueda volver a darme un paseo algún día…