Me gusta desmelenarme de tanto en tanto, soltar adrenalina, «bailar» a mi modo y a mi aire, sin preocuparme de qué aspecto ofrece en la pista una chica con sobrepeso en silla de ruedas ni de qué pensará quien me vea. Fue en estas circunstancias cuando se produjo la anécdota de la noche.
Había a nuestro lado una pareja muy cariñosa. A primera vista, le noté algo distinto al chico aunque no sabía especificar qué pues vestía de manera bastante discreta: pantalones oscuros que hacían juego con su pelo rizado y un polo verde. Su pareja era una chica espectacular cuyas explosivas formas rebosaban enmarcadas en un mínimo vestido corto y escotado. Se prodigaban tal cantidad de besos, abrazos y achuchones varios que, no me avergüenza confesarlo, nos ponían los dientes largos a todo el grupo de colegas, por lo que opté por mirarlos lo menos posible y seguir a mi aire.
Fijaos si serían efusivos que, en un momento dado, incluso cayeron la una sobre el otro agarrados en pleno baile. La sorpresa vino cuando el chico se acerca a mi oreja y me pregunta mi nombre. Se lo digo y me responde: «Yo me llamo Esther», para a continuación darme dos besos. ¡Era una chica! Menos mal que, hablándome al oído, no me veía la cara porque mi expresión debía de ser todo un poema. Me comentó seguidamente que estaba encantada de verme pasármelo bien con mis amigos pues ella sabía muy bien lo que era sentirse discriminada ya que en muchos sitios las miraban mal al ser dos chicas. Le repuse que los que nos miraban mal, tanto a ellas como a mí, tenían un grave problema y que lo mejor era pasar de esa gente. «Eso digo yo, que les den», fue su respuesta. Nos despedimos muy amigablemente con la promesa de saludarnos si nos volvíamos a ver. A los pocos minutos regresó para presentarme a su pareja: «Ésta es Carolina, mi novia». Muy simpática también, además de guapísima. Cuando se lo conté a mis amigos se quedaron a cuadros también, sobre todo los muchachos, que confesaron haber envidiado al supuesto chico por tener una pareja tan seductora.