Hace dos años empecé a trabajar en una empresa grande. Muchísima gente, muchos turnos y muchísimo drama. Justo el tipo de ambiente que, para qué negarlo, me entretiene bastante.
Poco después de entrar, hice muy buenas migas con una compañera de 47 años. Yo tengo 23, pero ya sabéis cómo es el trabajo: ese sitio donde una persona de 20 y otra de 50 y pico pueden acabar siendo mejores amigos sin que tenga nada de raro.
En esta empresa hay un lío sentimental importante, de esos que no te crees hasta que lo ves. Básicamente, el ambiente está dividido entre quienes justifican las infidelidades y quienes las condenan. Yo estoy claramente en el segundo grupo. Soy fiel hasta a mi peluquera: después de tantos años no sería capaz de ir al local de moda a cortarme el pelo porque sentiría que la estoy traicionando.
Mi amiga, en cambio, piensa justo lo contrario. Es de la filosofía de “todo lo que venga, que no se detenga”. Mientras haya sexo, le da igual casi todo lo demás. Según ella, el físico no importa; los cuerpos son solo cuerpos y ya está. Tampoco parece importarle demasiado cómo sea la persona: dice que cada uno es como es y que al final todos somos simplemente gente pasando por la vida.
Los hombres con los que se acuesta suelen tratarla bastante mal, pero ella asegura que no le afecta. ¿Que desaparecen durante dos años y luego vuelven como si nada? Pues, según ella, si antes os lo pasabais bien, ¿qué más da? Pasas el rato y ya. ¿Que reaparecen después de meses echándote a ti la culpa por no haber preguntado por ellos? Tampoco pasa nada: te acuestas con él y punto.
Cada vez que en la oficina sale a la luz una nueva infidelidad, acabamos teniendo el mismo debate. Y aunque yo sé que no comparto su forma de verlo, muchas veces siento que me deja sin argumentos.
Ella siempre me dice que ahora hablo así porque soy joven, que ya veré cuando tenga su edad si sigo pensando igual y si de verdad nunca habré estado con un hombre casado o con familia. Su argumento es que la vida real no es tan sencilla como decir “si eres infeliz, sepárate”. Dice que mucha gente no se divorcia porque implicaría dejar de vivir con sus hijos o porque económicamente no pueden permitírselo: entre alquileres, pensiones y sueldos bajos, la gente hace cuentas y aguanta.
También dice que muchas personas no saben estar solas. Que siguen con su pareja porque necesitan compañía, alguien con quien hacer planes o simplemente no llegar a casa y estar solos. Pero que luego, en la práctica, ya no se soportan o ni siquiera tienen vida sexual. Y ahí, sobre todo muchos hombres, buscan fuera lo que no tienen dentro de casa.
Ella reconoce que no está bien, pero dice que esa es la realidad. Y que, si tú solo quieres sexo, ¿por qué ibas a negarte a acostarte con un casado que está descontento con su vida, si total no buscas nada más?
¿Qué opináis? Yo entiendo algunas cosas que dice sobre la soledad, el dinero o las relaciones largas, pero sigo pensando que usar eso para justificar una infidelidad me parece muy egoísta.
