Las mujeres hemos sido invisibilizadas históricamente y hemos sido olvidadas durante miles de años. Nadie ha hablado de lo que hacíamos nosotras en medio de las guerras, los conflictos, las grandes crisis, las colonizaciones o las epidemias mundiales. En los libros de historia no nos han explicado la doble discriminación, opresión y violencia que hemos sufrido como mujeres, solo por el hecho de serlo; esta violencia silenciada tiene que acabar.
En pleno siglo XXI, en medio de una lucha feminista incansable, una epidemia global ha irrumpido, no permitiéndonos salir a las calles, ni ejercer muchos de nuestros derechos, ni encontrar espacios seguros y de cuidados. Pero en estos días, donde los cuidados deben están en el centro y la emergencia social nos traslada nuevamente a un sistema de familia tradicional y a la más pura domesticidad, sentimos la necesidad de dar un lugar a todas la vivencias de cada una de nosotres, que desde el silencio sufrimos este confinamiento, y no contamos en muchas ocasiones con nuestra red de apoyo habitual.
Aunque el confinamiento nos aleje de la vida pública y de la visibilidad, no podemos dejar de ocupar los espacios que nos pertenecen. Nuestras cuerpas necesitan ocupar el lugar que merecen en esta sociedad y nuestras realidades deben ser reconocidas y escuchadas.
Este confinamiento nos afecta a las mujeres y a todas las personas no heteronormativas desde la infancia hasta la vejez, porque pese a estar en casa, las paredes están repletas de capitalismo, de patriarcado, de infantilización, colonización y de dominación.
Pues esta crisis nos afecta como mujeres y también, como sujetos oprimidos, puesto que la situación de cada mujer se agrava dependiendo de la clase social a la que pertenezcamos, del país donde estemos confinadas, del modelo de familia que tengamos y la gran diversidad de realidades en el mundo deben poder ser escuchadas.
Este confinamiento nos encierra con las personas a las que tenemos que cuidar, con nuestres hijes, con nuestros maltratadores, violadores, agresores… Pero también nos encierra con nosotras mismas, con nuestro fantasma patriarcal que nos repite que debemos estar guapas y delgadas, con el monstruo capitalista que nos obliga a no parar nunca, nos evoca a la hiperproductividad, y en medio de un confinamiento, tampoco nos deja parar, descansar, dedicarnos tiempo, ni practicar al autocuidado.
Y en momentos como estos, necesitamos cuidarnos y que nos cuiden, puesto que esta crisis, nos expone mucho más que a los hombres, debido a la alta feminización de las profesiones de limpieza y de cuidados, que no han podido quedarse en casa. Nos expone doblemente al ser las responsables de los cuidados de nuestros familiares enfermos y al ser las encargadas de la compra y las tareas.
Como en todas las crisis, las mujeres sufrimos más por el hecho de serlo; pero esta vez, se nos va a escuchar.
Por ello, hemos pensando en crear un espacio donde poder explicar todas nuestras historias, donde la violencia no sea silenciada y donde poder dejar por escrito que existimos durante esta crisis, que sufrimos y que lo hacemos doblemente por ser mujeres. Este proyecto nace como parte de la necesidad de cuidarnos y de encontrar espacios seguros donde ser cuidada y escuchada. A este espacio le hemos dado el nombre de Mujeres En Confinamiento, porque es lo que somos ahora mismo, mujeres encerradas en casa. En esa casa, que muchas veces no es hogar.
Por todo ello, queremos compartir este espacio, en el cual se visibilice a las mujeres y a sus historias. Aprovechando las nuevas formas de alianza y relación como son las redes, para luchar contra la cárcel que supone la domesticidad, crear espacios de encuentro como este proyecto y encontrar un momento para el autocuidado. Por eso, queremos escucharos y dar voz a vuestra historia.
Esperamos contar desde el máximo respeto y amor esas historias que no serán nunca más olvidadas.
Podéis mandarnos vuestras historias de confinamiento a:
Instagram: @mujeresenconfinamiento
Twitter: @mujeresenconfi
Gmail: [email protected]