Cada vez que sale un artículo sobre inyecciones para la pérdida de peso (los ya famosos GLP-1 como Mounjaro, Wegovy…) me pasa lo mismo. Me da un tic en el ojo derecho del cabreo y el izquierdo de la incredulidad. El otro día me pasó en este mismo foro, la cantidad de barbaridades que tuve que leer de gente sin pajolera idea, válgame dios.
El patrón es siempre el mismo. Primero, una entradilla sensacionalista (“el fármaco milagro que arrasa entre influencers”) y luego una lluvia de comentarios indignados. Pero no indignados por el sistema sanitario o por el acceso desigual a los tratamientos. No. Indignados por nosotras. Por la gente que se pincha. Que ha tomado la decisión (razonada, médica, adulta) de usar un tratamiento aprobado, eficaz y controlado para perder peso. Cuando para mi el único debate posible es el de cómo están aprovechando las farmacéuticas para sangrarnos por algo que debería estar al alcance de todos y que espero algún día lo esté.
Los argumentos en contra se repiten como dogmas. El primero ya clásico: “Estáis dejando sin medicación a los diabéticos”. Un mantra que sigue sonando aunque ya no tenga ningún sentido. Porque estos medicamentos tienen versiones distintas para obesidad y diabetes, y rutas de distribución separadas. Si en su día hubo falta de stock, fue por una mala gestión no porque los gordos asaltáramos farmacias.
Y luego viene la otra cruzada: los efectos secundarios. Que si “no sabéis lo que os estáis metiendo en el cuerpo”, que si “eso es peligroso”, que si “vais a acabar con el páncreas frito”. Lo curioso es que quienes más repiten esto no son médicos, ni farmacéuticos, ni pacientes. Son opinólogos profesionales. Gente que no ha leído un prospecto en su vida pero que está convencida de que tú, que llevas años en consulta, te pinchas a ciegas sin saber lo que haces.
Spoiler: sí lo sabemos. Y lo hacemos igual porque lo que conseguimos a cambio muchas veces es salud. Dormir mejor. Comer con menos ansiedad. Perder peso de forma sostenida. Reducir la hipertensión. Dejar incluso el alcohol. Mejorar la relación con la comidad y la inflamación. Y sí, sentirnos mejor con nuestro cuerpo también.
Pero claro ahora resulta que los efectos secundarios importan. Ahora nos preocupan muchísimo. Y me lo dice la misma gente que hace tres días me gritaba que me iba a morir por gorda, por diabética, por sedentaria, por apneas y por gasto sanitario. Ahora que invierto mi propio dinero en un tratamiento médico para mejorar mi salud, ahora sí se preocupan por mi hígado. Qué conmovedor.
Y ojo que aquí viene lo mejor: hay tropecientas cosas que tomamos a diario, por salud o por pura estética, y nadie dice ni mu. Por ejemplo: el finasteride. Cientos de miles de hombres lo toman en este país para la caída del pelo. Un tratamiento crónico, de por vida, que tiene efectos secundarios documentados como pérdida de libido, disfunción eréctil e incluso depresión. ¿Alguien les ha dicho algo? ¿Alguien ha llenado artículos cuestionando su decisión? No. Porque a nadie le parece mal que un señor quiera conservar su pelo. Aunque sea puramente estético. Aunque se le quede el pito como un ficus.
Sin embargo si lo que está en juego es que un cuerpo gordo se transforme, si lo que hay es una mujer que por fin deja de odiarse, entonces sí. Entonces aparece el juicio, la moralina, el miedo y el sermón.
Y ahí está la clave. Lo que molesta no es el método. Lo que molesta es el resultado. Que el gordo adelgace. Que deje de encajar en la caricatura que el resto ha dibujado para él.
Pues mira. Si una herramienta científica, médica, validada y aprobada puede ayudarnos con un problema real como es la obesidad (una enfermedad crónica, multifactorial y compleja), lo mínimo sería celebrarlo. Y si no te alegras, al menos no estorbes.
Porque detrás de tanta indignación mal disimulada, lo que se esconde es lo de siempre: el deseo de que el gordo no tenga salida. Ni cuerpo. Ni voz.
Pues malas noticias: ya la tenemos.