Para una persona con tendencia natural e incluso obsesión por sentir que tiene el timón de su vida, resulta tremendamente complicado verse bombardeada por cientos de situaciones que escapan a su control. Crecí con el lastre de ser una mujer con una capacidad de resiliencia prácticamente inexistente, por eso cuando mi hermana nos comunicó que padecía una grave enfermedad y que nada se podía hacer salvo sentarse a esperar lo inevitable, mi mundo se vino abajo.
A día de hoy, sigue sorprendiéndome que fuera precisamente mi hermana quien se encargara de quitarle hierro al asunto, quien nos obligara a continuar con nuestras vidas y a sonreír durante aquellos últimos meses como si no fuera cierto que, más pronto que tarde, tendríamos que despedirnos para siempre. Toda la familia se volcó con ella, atesorando cada segundo a su lado, intentando obviar el hecho de que a medida que sucedían, aquellos momentos podían ser los últimos; la última vez que mi hermana visitaba el pueblo, la última vez que veíamos una película juntas, la última vez que escuchábamos su risa…
A pesar de la fortaleza que siempre la acompañó, una mañana se presentó en mi casa y se derrumbó por completo. Me dijo que era consciente de que le quedaba muy poco tiempo y que necesitaba urgentemente conocer la respuesta a una pregunta que llevaba años planteándose: por qué su prima, quien había sido su mejor amiga, decidió desaparecer de su vida sin explicación. Desde que eran pequeñitas, mi hermana y mi prima lo hacían absolutamente todo juntas. De hecho, desde mucho antes de que yo naciera, ellas ya eran más que primas o buenas amigas, eran hermanas; a pesar de que somos unos cuantos primos en la familia, su relación era especial.
Pasaron su infancia y su adolescencia juntas y lo cierto es que aunque todos pensamos que, a medida que fueran haciéndose adultas sus vidas tomarían inevitablemente caminos diferentes, no fue así. Terminaron sus estudios, desarrollaron una carrera profesional, se independizaron, se casaron… y a pesar de todo, todo seguía exactamente igual entre ellas. Sin embargo, sin saber muy bien cómo ni por qué, de la noche a la mañana, después de separarse del que había sido su pareja durante años, mi prima empezó a mostrarse un poco distante con mi hermana. No buscó consuelo o comprensión en mi hermana como de costumbre, sino que dejó de llamar y de quedar con ella con tanta asiduidad sin dar ningún tipo de explicación.
Supongo que el fallo de mi hermana fue no preguntar el motivo cuando todo sucedió, pero los años fueron pasando y al final, de aquella relación no quedó nada. Cuando vi a mi hermana aquella mañana, años y años más tarde, me pidió un favor. Necesitaba mi ayuda para obtener respuestas, ya que debido a su enfermedad no podía apenas moverse y mucho menos escribir. Me pidió que fuera yo quien redactara una carta a mi prima preguntándole por qué nunca más quiso saber nada de ella, ni siquiera cuando supo que se estaba muriendo.
Escribir aquella carta por mi hermana mientras ella me la iba dictando hecha un mar de lágrimas ha sido de las cosas más duras que he tenido la desgracia de hacer en toda mi vida. En aquella carta, mi hermana le rogaba una explicación para poder marcharse en paz de este mundo, le pedía que se lo tomara como una especie de última voluntad, se disculpaba con ella por si cabía la posibilidad de que la culpa de todo aquello fuera suya y le pedía una respuesta. Tal y como me pidió, envié la carta a mi prima a escondidas del resto de la familia para que aquello no se convirtiera en un circo y nos sentamos a esperar.
Semanas después, mi prima me escribió un whatsapp confirmando que la había recibido y me pedía que le dijera a mi hermana lo especial que era para ella y lo mucho que la quería. Y nada más. No hubo explicaciones. Ni siquiera se dignó a responder a mi hermana directamente, sino que me utilizó a mí de mensajera. Cuando se enteró de que su prima seguía sin querer retomar el contacto, no lloró. Supongo que ya había gastado todas las lágrimas que tenía. Simplemente me dio las gracias, resignada.
Y cuando creíamos que todo había terminado, para nuestra sorpresa, días después, mi prima fue a visitarla. Se presentó como si nada, como si hubiera visto hacía cinco minuto a quien fue su mejor amiga cuando en realidad hacía años que no sabían nada la una de la otra. Con todo, yo me alegré lo indecible por mi hermana, porque aunque ya era tarde para recuperar el tiempo, al menos se iría teniendo las respuestas que necesitaba para hacerlo en paz. Sin embargo, fue una visita muy corta; me contó que mi prima se sentó a su lado muy incómoda y no le preguntó cómo estaba o cómo se sentía ni tampoco hizo mención alguna a la carta. En resumidas cuentas, mi hermana se quedó igual que estaba y nunca llegamos a entender el sentido de aquella visita. Me pidió que no le dijera nada más a mi prima, que lo dejara estar. Y es que no podía asimilar que alguien fuera tan dura e insensible como para no conceder un último deseo a alguien que había formado parte de tu vida de una forma tan intensa. Pero no me quedó más remedio que prometérselo y así quedaron las cosas. Aquella fue la última vez que mi hermana vio a mi prima. Poco tiempo después, falleció. Al final, una aprende que querer controlarlo todo no es más que una fantasía y que, por desgracia, el curso de los acontecimientos escapa a nuestro dominio.
¿Creéis que mi prima fue una cobarde al no explicarse o que llegado un punto, no tenemos obligación de dar explicaciones ni siquiera a alguien que fue tan importante en nuestra vida?
