He estado muchos meses debatiendo si contaros esta historia o no, pero creo que es igual de importante visibilizar los casos de violencia doméstica que existen (que, por desgracia, son muchos), como los casos falsos de la misma.
Os puedo asegurar que es un caso real, y os pido que no ataquéis demasiado en los comentarios, puesto que el protagonista os va a leer todo.
Mi amigo Cristian (nombre inventado) es un hombre que todo lo que tiene de grande lo tiene de amoroso. De esas personas que, según las ves, te dan ganas de achucharlo. Con sus casi dos metros de estatura y sus kilos de más, parece que fuera donde se inspiraron para crear a los osos amorosos.
Es un hombre muy tranquilo y bueno. Le conozco desde hace casi 20 años porque trabajábamos juntos y jamás le he visto siquiera dar un grito (y mira que las he liado gordas, como cuando empotre la carretilla del almacén en la oficina, rompiéndole una pierna al atropellarle). Le gusta jugar sus pachangas de baloncesto, salir a comer por ahí, y pasar tiempo con su familia. No necesita mas para ser feliz. Estaba casado con Marta (nombre inventado), y tenían dos hijos juntos. Llevaban toda la vida juntos.
Una noche, Cristian estaba durmiendo y el móvil de Marta no dejaba de pitar en la mesita de noche, así que se levantó para quitarle el sonido ya que madrugaba mucho al día siguiente. Al cogerlo, salió la notificación de un mensaje “avísame cuando tu marido se vaya que tengo ganas de comértelo todo”. La llamó para preguntarle que qué narices era eso, con tan mala suerte que el móvil se cayó al suelo y se rajó la pantalla.
Marta solo le dijo “Mañana cuando vuelvas de trabajar tenemos que hablar”.
Como la conocía y sabía que no iba a sacarle una sola palabra más esa noche, se marchó a dar vueltas en la cama y, a su hora, se marchó a trabajar nervioso perdido por lo que le esperaba a la vuelta.
A la hora de estar trabajando, la policía vino preguntando por él. Hablaron por un rato, y se lo llevaron esposado de ahí al calabozo.
Ahí empezó la pesadilla. Su mujer lo había denunciado por violencia doméstica, y había dado como prueba el móvil que estaba roto.
Lo sacaron tras un par de días que parecieron un par de años, con una orden de alojamiento y sin derechos de ningún tipo con sus hijos.
Se tuvo que ir a un hotel, puesto que tanto sus padres como su hermano vivían en el mismo edificio que la que había sido su casa, por lo que no podía ir allí. Con el tiempo, se alquiló un piso en la otra punta del barrio con la ayuda de sus padres.
A los dos meses, le dieron permiso para ver a sus hijos, con una persona de servicios sociales presente y durante una hora a la semana.
Pero cualquiera que le conociera, sabia que eso no podía ser verdad. No es porque sea mi amigo, es que Cristian no tiene una sola gota de maldad en sus venas. Incluso la familia de Marta le llamó para decirle que estaban de su lado, y que no entendían qué estaba pasando.
Pudo pasar con sus hijos el día de Navidad porque la que había sido su suegra se las apañó para que coincidieran, ya que Marta les había dejado a los críos mientras ella se marchó a pasar las fiestas con su nuevo novio. Y así en otras fechas señaladas.
Meses más tarde, la misma madre de Marta fue a la policía a denunciar a su propia hija. En una de sus múltiples discusiones por todo lo que estaba haciendo, le confesó que se había enamorado de otra persona y llevaba viéndose con él varios meses antes de la discusión, pero que no quería pelearse por el piso o la custodia de los críos. Así que, cuando Cristian rompió el móvil, vio su oportunidad de tener el piso y la custodia toda para ella.
Pensó que, como en casos de violencia doméstica la ley suele ponerse de parte de la madre, el móvil fue la excusa perfecta para intentarlo.
La policía fue a hablar con ella, y no tardó mucho en confesarlo todo de manera oficial. Por lo visto la culpa la estaba carcomiendo por dentro.
Se quedaron la custodia de los críos compartida, y Cristian le compró su parte de la casa para poder quedarse cerca de la familia.
Un par de años después, ella decidió cederle la custodia completa porque se quería ir a vivir a otra ciudad con su nuevo novio. No suele venir casi nunca a ver a sus hijos ni a su familia, que no quieren verla ni en pintura.
Por suerte, Cristian llevaba ya muchos años en la empresa y todos sabían cómo era, y su padre, su hermano y su cuñada trabajan también allí, así que pudo conservar su puesto. Incluso se lo adaptaron cambiándole los turnos para que le fuese más fácil conciliar cuando se quedo solo con sus hijos. Y tanto como la familia como la mayoría de sus amigos han estado allí apoyándole desde el primer minuto para que no cayera.
Hoy en día, Cristian vuelve a ser feliz. Se casó el año pasado nuevamente con una mujer que quiere a sus hijos como si fueran suyos, y todo ha quedado enterrado en el pasado.
Pero me da pena que una mujer sea capaz de llegar a semejantes extremos simplemente por avaricia. Es por culpa de casos como este que, cuando alguien lo está pasando realmente mal, no se atreva a pedir ayuda por miedo a que no le crean.
Anónimo.
