Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
No sé muy bien cómo decir esto sin que suene patético. Soy un hombre de 40 años y nunca he tenido una relación de verdad. No una de esas que cuentas con orgullo. Nada que haya durado lo suficiente como para llamarlo “historia”. Y no es porque no quiera. Es porque siento terror..
Crecí viendo a mis padres (a día de hoy todavía casados) destrozarse a diario. No había golpes. Solo palabras. Pero a veces pienso que casi hubiera sido más fácil entender un golpe que esos constantes ataques con desprecio. “Eres un inútil.” “Siempre lo arruinas todo.” “No sé por qué sigo contigo.” Yo estaba en mi cuarto, con la puerta cerrada, pensando que si no hacía ruido desaparecería y dejaría de doler.
En el grupo de apoyo al que asistía alguien me dijo una vez:
—Pero tú no eres ellos.
Y yo pensé: “Ya, pero soy el hijo de eso.”
Cuando conozco a alguien y noto que hay chispa, mi cabeza no ve la parte bonita. No veo cenas ni risas. Veo el final, la transformación. Imagino cómo las caricias se convierten en distancia y el cariño se vuelve sarcasmo. Me imagino escuchando en otra voz las mismas frases que oí de niño. Y antes de que eso pueda pasar, me voy. Me retiro con cualquier excusa. Me hago el frío, el ocupado, no doy opción a continuar.
Lo jodido es que sí estoy preparado. O al menos eso creo cuando estoy solo por la noche. Porque la soledad pesa. Mucho. No es solo no tener pareja, es no tener a nadie que te elija, que te toque el brazo sin motivo, que te diga “estoy aquí para lo que necesites”. Y yo quiero eso. Lo necesito. Pero al mismo tiempo siento que si lo toco, se va a pudrir.
“Mejor solo que mal acompañado”, me repito como un mantra. Pero a veces suena más a excusa que a sabiduría.
He ido a terapia en varias veces, con distintos profesionales, los miles de euros que llevo invertidos en mi salud mental son incontables ya. O no funcionó o no supe dejar que funcionara. Hablo, entiendo, racionalizo… y cuando salgo de la consulta sigo siendo el mismo niño encerrado en su cuarto. Es como un bucle de deseo, miedo, huida, soledad… Y vuelta a empezar.
A veces me miro al espejo y me doy pena. No por no tener pareja, sino por vivir a medias, estar siempre en guardia y por creer que el amor es una trampa que tarde o temprano se activa.
Estoy cansado de tener miedo de algo que también deseo, de sobrevivir en vez de vivir. No quiero repetir la historia de mis padres, pero tampoco quiero que su historia sea la única que determine la mía.
Y así estoy, solo y asustado. Con ganas de amar y con pánico a hacerlo. Intentando entender si algún día podré acercarme a alguien sin sentir que estoy caminando hacia el infierno.
