No sé si soy yo o es que las influencers y yo no tenemos la misma anatomía.
Todos los veranos pico.
Veo un bikini monísimo en Instagram. De esos que en la modelo parece normal, incluso dices: «Pues tampoco es tan pequeño».
Me lo compro convencidísima de que a mí también me va a quedar así.
Pues no.
Llega el paquete, me lo pruebo y descubro que aquello no me tapa ni la mitad de lo que yo esperaba. El parrús quiere independizarse y las tetas tienen vida propia.
Lo peor no es delante del espejo.
Lo peor es en la playa.
Te pasas el día recolocándote la braguita cada dos minutos. Si te sientas, tiras de ella. Si te levantas, vuelves a tirar. Si viene una ola, ya directamente sales del agua sujetándote el bikini con las dos manos para no montar un espectáculo.
Mientras tanto ves a la influencer en sus fotos, caminando por la orilla como si estuviera grabando un anuncio de perfume.
Y yo pensando que como venga una ola un poco más fuerte salgo en las noticias del pueblo.
Al final siempre termino poniéndome el bikini de hace cinco años, que será menos bonito, pero al menos puedo jugar con mis hijos, agacharme a coger la nevera o comerme un trozo de sandía sin preguntarme cada treinta segundos si sigue todo en su sitio.
De verdad os lo pregunto… ¿soy la única a la que le pasa esto? Porque empiezo a pensar que esos bikinis solo están diseñados para el 1 % de la población y las demás vivimos estafadas cada verano. 😅
