Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Durante el embarazo me dediqué a leer muchísimo sobre los cuidados de los primeros meses del bebé: me informé de las últimas recomendaciones, analicé las nuevas teorías y me sentía preparada. Algo que tenía clarísimo era que le iba a dar lactancia materna exclusiva durante los primeros seis meses. Incluso me compré un buen sacaleches para preparar un banco de leche para mi vuelta al trabajo.
Todo se derrumbó en el parto y nada fue lo previsto. Ya sé que había sido muy ingenua montándome mis películas. Mi hijo nació por una cesárea de urgencia que me llevó a mí a la UCI y a él también tuvieron que vigilarle. Le dieron biberón para alimentarle.
Cuando por fin pudimos estar juntos, la teoría de la lactancia me vino grande y al poco tiempo tenía grietas y muchos dolores. Me dijeron que estaba bajito de glucosa y que tenía que suplementarle con fórmula. Estaba claro que haría lo mejor para mi hijo.
A la semana ya le estaba dando muchos biberones y algunas tomas de pecho, que seguía doliendo. Sabía que tenía que intentar darle más pecho, pero ya no me sentía con fuerzas. En la revisión, la matrona me recomendó el grupo de lactancia del centro de salud. Pero me parecía que no tenía sentido; había traicionado todas mis intenciones y la lactancia materna exclusiva era algo a lo que ya ni aspiraba. Me sentía un fraude. Así que no fui.
La matrona seguía insistiéndome, diciéndome que me vendría bien. Como casi no daba el pecho, pensé que me juzgarían y me mirarían mal.
Tanto insistió que fui. Aparecí con la cabeza agachada, preparada para recibir críticas o, como mínimo, malas caras. La matrona dijo que nos presentáramos cada una y que contáramos en qué situación nos encontrábamos. Había situaciones muy diferentes: desde grietas y pezoneras, hasta operaciones de frenillo y peques con peso bajo, pasando por alguna lactancia idílica.
Llegó mi momento y conté la verdad. Y vi cómo me miraban: con cariño, con comprensión, sin juzgar. Me animaron a seguir haciendo lo mejor para mí, me dijeron que lo estaba haciendo bien. Nadie nombró que debería intentar dar más lactancia materna, nadie me cuestionó, nadie me reprochó nada. Me sentí arropada y escuchada. Me sentí bien con la lactancia por primera vez desde que nació mi hijo.
En el grupo de lactancia encontré todo lo contrario a lo que esperaba. Empecé a ir todas las semanas, a conocer más a mis compañeras de maternidad, a sentirme tranquila hablando de mis dudas, a darles también mi apoyo a ellas. La semana que viene vuelvo al trabajo y mañana será mi último día en el grupo de lactancia. Cuando pienso que casi no voy por mis prejuicios, me siento tonta. Me da pena dejar de ir, pero ya tenemos un grupo de WhatsApp en el que compartimos nuestros problemas y nuestras alegrías.
