La conocí en la catequesis para la confirmación. No era muy agraciada, pero sí distinta al resto de chicas que iba allí más para pillar que para otra cosa. Me sorprendió que siempre estuviera atenta a los mítines que daba el cura sobre esto y aquello. Su seriedad era tremenda y tenía una expresión que no te invitaba a charlar con ella, pero a mí siempre me gustó la gente que iba contracorriente y que tenía claro lo que quería en la vida por más que los demás opinasen lo contrario.
No sabía que mi padre y el suyo fueron compañeros de trabajo y ahí vi una puerta abierta para hablar con ella. Nos sentábamos juntos, comentábamos algunos pasajes del Evangelio y siempre estábamos hablando de la siguiente misa y demás. A esa edad, y ahora todavía menos, no tenía experiencia alguna con las chicas, pero pensé que no tardaría en aceptar una cita conmigo.
Se lo propuse y aceptó. Concretamente, íbamos a ir al cine y luego a tomar algo. La sesión sería la de las cuatro y media de la tarde. Después, un café y un dulce en el bar cercano a su casa y hasta la próxima. Cuando nos vimos en la puerta del cine me saludó con la mano. Dentro de la sala, puso su abrigo y su bolso en el asiento de al lado y me dijo que me sentase con su ropa entre nosotros «para evitar tentaciones». La frase me confirmó que quizá la tentación la tenía ella y que quería evitar que el diablo nos animase a cogernos la mano.
Durante la película no hizo ni un solo comentario. Tampoco me miró. Era como una estatua. Al terminar, nos pusimos los abrigos y fuimos paseando hasta la cafetería. Tampoco habló demasiado. Se bebió el café, se comió un trozo de tarta, pagué y casi salió corriendo porque un vecino la había visto conmigo e iba a comenzar a murmurar no sé qué.
El siguiente día de la catequesis no se sentó cerca de mí. Le pregunté si le pasaba algo y me dijo que no, pero que lo mejor era mantener la distancia. Así lo hice. Nos confirmamos, me fui a estudiar a otra ciudad, ella estudió en una facultad a 100 metros de la mía y nunca la vi por allí, y con el paso del tiempo fue mi primo quien me presentó a su hermana sin yo saberlo. De hecho, la chica era guapísima, muy simpática y un encanto. Fue casualidad que María pasara por la calle y que se acercase para hablar con ella sin decirnos nada al resto de los allí presentes.
A sus más de 50 años, es médico, trabaja y jamás ha tenido pareja. La he visto en varias ocasiones y me saluda amablemente. Sigue yendo a misa cada domingo y siendo tan cristiana como siempre. Me gusta que mantenga sus principios, que viva su vida como le da la gana y que haya prevalecido su punto de vista sin dejarse nunca llevar, ni tentar, por nadie.
Es posible que la procesión vaya por dentro y que eche de menos tener a alguien en su vida. Lo importante es que ella siga siendo la misma desde hace más de 30 años. Su integridad no le va a llevar a ningún sitio, pero tampoco hacer lo opuesto le habría garantizado un final distinto. La disyuntiva es tan potente como curioso es su caso. Siempre le deseo todo lo mejor y le digo que como ellas hay muy pocas personas en el mundo. Nunca he entendido si su expresión es de satisfacción o de pena escondida.
