Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Mi amiga se compró un piso hace un mes. Me lo enseñó, me preguntó qué me parecía y yo le dije la verdad: que para el precio que había pagado y la zona donde está yo creía que era un poquillo caro. No le dije que era un cuchitril ni que había hecho el negocio del siglo al revés, le dije con toda la delicadeza del mundo que me parecía caro para lo que era.
Pues desde ese día no me habla.
Ocho años de amistad y la señora ha decidido que prefiere el silencio a escuchar que su piso vale menos de lo que pagó por él. La vi el jueves en una quedada de todas y estuvo fría toda la noche, contestando con monosílabos, mirando el móvil cada vez que yo hablaba.
Y yo pensando: pero si me lo preguntaste túuuuuuuuuuuuuuuuuu. TÚ me preguntaste. Yo no me ofrecí a hacer una tasación gratuita de tu inmueble, me pediste opinión y te la di porque llevamos ocho años siendo amigas y para eso estamos.
¿Qué quería que le dijera, que había hecho la compra del siglo? ¿Que el piso era una maravilla?
¿Es una reacción normal esto o me he perdido el momento en que decir la verdad con buenas palabras se convirtió en un delito? Porque yo creía que para eso servían las amigas de verdad pero igual me han cambiado el reglamento sin avisarme.
