Desde que tengo uso de razón, siempre he sido una chica de talla XXL. Como todos, he tenido fluctuaciones en mi peso y he estado más delgada o más gorda, normalmente fruto de mis tonteos con dietas que prometían hacer milagros y que acababa dejando, pero jamás he tenido un cuerpo normativo.
Siempre he sido víctima de mis complejos, y me ha costado muchos años (y muchas sesiones de terapia) aprender a quererme tal y como soy y dejar de hacer locuras con mi alimentación. Con estos antecedentes, cabría esperar que, a estas alturas, mi entorno estuviera acostumbrado y hubiera aceptado cómo soy y qué físico tengo.
Pues bien, para mi sorpresa, no es así. Ni de lejos.
Resulta que hace unas semanas mi pareja, con quien llevo saliendo cuatro años, me pidió matrimonio durante una preciosa cena en mi restaurante favorito. Por supuesto, le dije que sí. Llevaba ya algún tiempo esperando este momento y deseaba con todo mi corazón casarme con él. Estaba tan eufórica que organicé una merienda con mi familia en casa de mis padres para contarles la buena nueva.
Invité también a mi mejor amiga, que es como una hermana para mí. No podía esperar a verles las caras cuando se lo dijese. Y aquella tarde, con toda la ilusión, solté la bomba: «¡ME CASO!».
El resultado fue el esperado. Aquello parecía una escena idílica de una película romántica: unos lloraban de alegría mientras me abrazaban y otros aplaudían el notición. Enseguida quisieron hablar de preparativos y empezó el cuestionario: si queríamos ceremonia civil o religiosa, si bodorrio por todo lo alto o boda íntima, si de mañana o de tarde, en qué época del año, si habíamos empezado a mirar caterings, etc. Por todos es sabido que siempre me han encantado las bodas y que mi negocio soñado es ser wedding planer, así que suponían que ya tendría más de una idea al respecto.
Todo eran risas y alegría, cuando una de mis tías hizo un comentario que se me clavó como un dardo: <<Bueno, te habrás puesto a dieta ya, ¿no?>>. Me quedé helada. Lo sentí casi como un ataque y no supe qué contestar. Y de repente, para colmo, mi mejor amiga dijo: «Bueno tranquila, todavía tienes tiempo, ¡de esta seguro que te quedas delgada, tía!». Los presentes no le vieron importancia al comentario y le rieron la gracia a mi amiga, pero yo puse cara de circunstancias y me excusé con que tenía que ir al baño rápidamente.
Cuando cerré la puerta tras de mí, no pude evitar echarme a llorar. Me sentía herida, pero lo peor de todo es que me sentía avergonzada. Todos los complejos que creía superados aparecieron de repente en el espejo de ese baño. Estuve veinte minutos tratando de calmarme, y no fue nada fácil, ya que escuchaba toda la conversación que mantenían en
el salón en torno a mi peso, a lo difícil que me iba a resultar encontrar vestido de novia con mi talla y lo esencial que era que adelgazase lo más rápido posible. No salí del baño hasta que oí que cambiaban de tema, y por suerte no volvieron a decir nada sobre mi peso. Pero el daño ya lo sentía dentro.
Llegué a casa derrumbada y se lo conté a mi pareja, que no tardó en tranquilizarme como solo él sabe hacer. Me dijo lo que yo ya sabía pero que aún así necesitaba oír en ese momento: que él me quería tal y como era y me querría con todos los cambios que mi cuerpo pudiera tener, porque ama cada centímetro de mí. Y con abrazos y besos ha conseguido devolverme gran parte de la ilusión por la boda, pero temo que, en el fondo, todo esto haya provocado un daño irreparable en mí. Siento que he dado pasos atrás en mi evolución personal y mi autoestima. Pocas cosas me hacen más ilusión que buscar mi vestido de novia, y ahora el temor de ir a cualquiera tienda y que no tengan ninguno para mí se me ha instalado dentro, un miedo que antes de esto no me planteaba. Y me da mucha rabia, porque debería estar feliz y disfrutando del proceso y la preparación de nuestro día.
Supongo que tendré que parar a reponer fuerzas. Quizás, o eso espero, con un poco de tiempo consiga resanar mis inseguridades de nuevo y vivirlo como al principio.
