Mi hermana y yo hemos estado siempre muy unidas. Nos llevamos menos de dos años y, desde que tengo uso de razón, hemos sido mejores amigas y lo hemos compartido todo.
Fuimos al cole y al instituto a la misma clase y, cuando las cosas no se ponían fáciles, nos teníamos la una a la otra.
Desde pequeñas fantaseamos con que nuestros maridos serían mejores amigos y haríamos planes los cuatro. Hasta decíamos que nos quedaríamos embarazadas a la vez para que nuestros hijos fueran casi como hermanos.
Pero la vida viene como viene, o eso pienso yo, y cada una fuimos evolucionando de una manera. Conocí pronto a un chico estupendo del que me enamoré perdidamente y se convirtió en mi mundo. Pero entendía tanto la relación con mi hermana que no tenía problemas en hacer planes de tres a veces. ¡Hasta hicimos algún viaje juntos!
Pasó el tiempo y nos casamos. Todo el mundo esperaba que me quedara embarazada, pero la maternidad no me llamaba nada. En aquel momento no me sentía siendo madre y me agobiaba pensarlo.
Después de la boda, mi hermana conoció al hombre de su vida. Pero lamentablemente no congenió ni conmigo ni con mi marido. Está claro que no es grave pero los planes de los cuatro eran los mínimos.
Al poco se casaron y en nada me dijo que quería quedarse embarazada. Y su pregunta siguiente fue si me animaba yo. Al decirle que no, su cara se torció y me dijo que no lo entendía, que siempre lo habíamos dicho y que las dos estábamos casadas. Le expliqué que no estaba preparada, a lo que me replicó que no pensaba esperarme. Pero, ¡eso yo no se lo estaba pidiendo!
La relación entre nosotras siguió más o menos bien, no tan intensa como cuando eramos más jóvenes, pero bien. Nació su hijo y estuve a su lado todo lo posible. En cuanto su cuerpo estuvo listo, me volvió a decir que iba a ir a por el segundo y que ahora ya sí tenía que ser el momento de quedarnos embarazadas juntas. Le dije de nuevo lo mismo y esta vez se lo tomó fatal. Pasó semanas sin querer quedar conmigo y contestando escuetamente a mis mensajes. Por suerte, se le acabó pasando.
La vida fue siguiendo su ritmo. Encontré un trabajo que me dio estabilidad, viajé con mi marido por medio mundo, adoro a mis sobrinos. Y, sin darme cuenta, algo cambió. Lo hablé con mi marido y estamos de acuerdo en que es el momento de intentar ser padres.
Dudé mucho si contárselo a mi hermana o esperar, pero es que siempre nos lo hemos contado todo y, aunque quién sabe si conseguiré quedarme embarazada, la sola decisión es algo que sentía que tenía que compartir con ella.
Así que la semana pasada quedamos las dos y se lo dije. Su reacción fue horrible, cuestionándome que ahora quisiera y no cuando ella, que no lo entendía, que sentía que la había traicionado, que pensaba que era otro tipo de persona. Sus palabras me dolieron muchísimo.
Me fui a casa llorando y sigo con un gran disgusto. Ha pasado una semana y no me ha llamado ni me ha escrito ni nada. La verdad es que esperaba una disculpa.
No sé qué hacer. Por un lado, es una de las personas más importantes de mi vida y no quiero perderla. Si me llamara y pidiera perdón, por supuesto que la perdonaría. Pero, por otro, creo que no ha actuado bien y no quiero ser yo la que llame primero y, sobre todo, no pienso pedir perdón, porque creo que no he hecho nada mal.
