Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Que levante la mano quien no se haya visto tentada alguna vez. Basta que andes con la autoestima un pelín bajeras, que la relación con tu pareja no atraviese su mejor momento, que la rutina se haya apoderado de vuestra relación o la pasión haya desaparecido para que ¡booom!: entre en escena el tentador de turno para convertirse en candidato, en esa llama que, en un momento dado, podría encender la mecha de una posible infidelidad. La mayoría de las veces todos esos pensamientos intrusivos sobre abalanzarte encima de una persona que no es tu pareja, se quedan en simples fantasías, pero otras, la cosa termina yendo un poco más allá y tus ganas de caer en la tentación vencen.
Conocí a Jorge cuando éramos unos críos, nos gustábamos desde siempre pero no fue hasta que fuimos un poco más mayorcitos que dimos el paso de sincerarnos y empezamos a salir en serio. Ha sido la única persona que me ha vuelto loca durante tantísimo tiempo y la verdad es que siempre me ha puesto como una moto. Sin embargo, esa atracción sexual tan potente se fue diluyendo un poco con el paso de los años, nuestras relaciones ya no era tan explosivas como al principio. Aquella monotonía empezó a pesarme un poco también fuera de la cama; su falta de iniciativa fue motivo de discusión en muchas ocasiones, ya no veía a mi chico tan dispuesto a hacer planes, a proponerme nada ni a sorprenderme. Sentía que él estaba tan seguro de tenerme que ya no veía necesario luchar por mí ni tratarme como antes.
En medio de esa vorágine de desilusión y apatía, apareció Julio, un antiguo compañero de clase de mi época del instituto con el que había tonteado por aquel entonces aunque nunca había pasado nada entre ambos. Empezó a seguirme en redes sociales y cuando vi su foto flipé en colores: siempre había estado bueno, pero es que ahora no estaba bueno, estaba que se comía sólo. después de tratar los temas de rigor (qué ha sido de tu vida, dónde estás trabajando, sigues viviendo en la ciudad, qué sabes de Fulano, etc), bromeamos sobre lo tontos que habíamos sido por no haber tenido algo cuando tuvimos la oportunidad. Lejos de terminar ahí, la conversación empezó a rayar bastante en el flirteo y, con el paso del tiempo, todas nuestras charlas acababan derivando hacia el mismo tema sin disimular apenas nuestra evidente atracción.
Lo cierto es que mi ego se infló como un globo después de meses paveando, de decirme lo increíblemente burro que le ponía y de las ganas que tenía de demostrarme que ya no era aquel crío inexperto. La cosa nunca había pasado de ahí hasta que un día me escribió pidiéndome que me dejara de tonterías, que él sabía que yo lo deseaba tanto como él y que, por favor, le diera sólo una noche. Yo fui tajante y le dije que no podía hacerle eso a mi chico, que no se lo merecía y que no podría mirarle a la cara nunca más si pasaba algo entre nosotros. Pero lo cierto es que a esas alturas yo ya había fantaseado millones de veces con acostarme con él e incluso había sido el protagonista de las películas que me montaba cuando me daba una alegría yo solita. No podía dejar de preguntarme cómo sería hacerlo con él, de preguntarme si sería capaz de hacerlo alguna vez, aunque en el fondo de mí sabía que nunca haría tal cosa.
Una noche que estaba sola en casa y volví un poco bebida después de haber salido con unas amigas a tomar unas cervezas, escribí a Julio. No sé por qué de repente sentía la necesidad de escribirle, supongo que el alcohol terminó por desinhibirme o por hacerme perder la cabeza, pero al final sin saber muy bien cómo, la conversación empezó a calentarse de tal manera que, efectivamente, perdí la cabeza. Mientras escribo estas líneas no puedo dejar se sentirme la peor persona del mundo. La cosa terminó con los dos haciendo sexting mientras él me suplicaba que le dejara ir a buscarme y llevarme a su casa en ese mismo momento para hacerme cosas guarrísimas. Llegados a ese punto, llegué a planteármelo muy en serio, estuve a punto de ceder, pero la parte de mí que no estaba loca decidió que lo mejor era irse a dormir cada uno a su cama.
A la mañana siguiente, me sentí la peor mierda del mundo, no era capaz de entender qué me había pasado, nunca había hecho nada parecido; aunque había tenido oportunidades de hacerlo con otros tíos nunca jamás se me había pasado por la mente ni había entrado al trapo. Decidí escribir a Julio para decirle que no podíamos seguir hablando porque no me reconocía a mí misma en aquel comportamiento. Me dijo que si algún día quería poner fin a aquel picor que, según él, tarde o temprano me iba terminar rascando, ya sabía dónde encontrarle. Le eliminé y bloqueé de todas partes, sintiéndome fatal por lo que había pasado, pero lo hecho, hecho estaba. Nunca le he confesado a mi chico nada de lo que pasó y desde entonces, cada vez que le miro a los ojos una punzada de culpabilidad bien merecida se me clava en el pecho.
Anónimo.
