Espero poder explicarme sin liarme.
Llevo cinco años con mi pareja; todo funciona de maravilla. Yo tengo 41, él 44. Vivimos juntos, no tenemos hijos y, sinceramente, ni falta que hace. El piso es suyo, los gastos van a medias y los sueldos, más o menos, también. Una convivencia perfecta… hasta hace poco.
Mi pareja viene de un pueblito; se fue a estudiar y no volvió. Tiene dos hermanos, y uno de ellos tiene una hija de 22 años. Una joyita. Insoportable, megaconsentida y firme candidata a Gran Hermano. Con 17 años dejó el instituto para irse a vivir con un inglés de 24 al que conoció en Gandía. Contra toda la familia, claro. Volvió dos años y medio después con el rabo entre las piernas. Afortunadamente, terminó el instituto y se matriculó en la universidad.
Y aquí empieza mi drama.
Los padres, con problemas económicos y el padre recuperándose de una enfermedad, nos pidieron si podía quedarse con nosotros el primer año. En su pueblo, de cinco mil habitantes, la única “universidad” es el bar del centro —donde ella, por cierto, ya tiene doctorado—, así que no tuvimos valor para decir que no. Y claro, yo ya sabía cómo acabaría la película. No soy Rappel, pero lo vi venir…
Llegó a mediados de septiembre y… YA NO PUEDO MÁS.
Hablamos con ella, pusimos normas… que se pasa por el forro
No asiste a muchas clases.
Llega a las tantas, haciendo ruido como un elefante; ya ha perdido las llaves una vez.
No he visto un libro abierto desde que puso un pie en casa.
Estudia Estudios Ingleses, pero no ve películas en inglés ni lee en inglés. Que se pone subtítulos, ¡es que flipo!
Hace videollamadas a las tantas. Dice que baja la voz, pero a los cinco minutos se la oye desde nuestro dormitorio.
Su habitación está medio decente, pero las tareas —limpiar el baño, pasear al perro— las hace con una desgana que ofende.
Y lo peor: no tenemos carácter para plantarle cara.
Cuando le decimos algo, promete que no volverá a pasar… y al día siguiente, pasa. O pasa algo peor. Estoy harta. Quemada.
Lo tengo clarísimo: esta ha venido aquí para huir de sus padres y la universidad es solo una excusa para pasarse unos años tocándose el pie. Pero bien, además.
Mi novio dice que aguantemos hasta mayo. Mayo. Yo no me veo con fuerzas. Ella se da cuenta de que nos puede torear, y cada vez va a más. Y mira, yo no tengo por qué aguantar a una niñata de casi 23 años, por muy sobrina que sea de mi novio.
Un día hablé con la madre. No le conté ni la mitad, y me suelta:
—Ay, chica, que todos hemos sido jóvenes… tendrá que respirar.
Sí, claro. Que respire, pero en otro sitio.
Esto va a acabar como el rosario de la aurora. Os lo digo yo.
