Tenía trece años la primera vez que deseé morir. Acababa de entrar en el instituto, era muy imaginativa, escribía historias, poemas, sacaba buenas notas, y era un año menor que mis compañeros. No sé si fue eso, o mi timidez, o qué, pero el caso es que sufrí acoso durante todo un año lectivo. Entonces eran los noventa y aquello eran “cosas de niños”, sólo en el profesor de Religión encontré un poco de apoyo, por lo demás, ningún profesor ni profesora se tomó la menor molestia por frenar aquello. Cuando me quejaba de que me insultaban, me pegaban, me rompían los deberes o similar, las respuestas iban desde el esconder la cabeza debajo del ala (“es que ya eres mayorcita para lidiar con esto tú sola, ¿qué pretendes, que les castigue sin recreo?”) a ponerme en duda o recibir aún más acoso por parte de ellos, (“es que si todos están contra ti, a lo mejor tú les has hecho algo a ellos”), pasando por el tomarme por idiota (“ay, boba, si hacen eso es porque les gustas, deberías sentirte halagada”).
Después de muchos meses en los que mis notas bajaron, fantaseé con el suicidio y deseé morir mientras dormía, finalmente uno de mis acosadores cometió un error, que fue extender el insulto a mi familia. Ahí se me infló la vena de la frente, me lancé a por él como una fiera y de golpe se acabó el acoso, los insultos y todo lo demás. También justo en ese momento los padres del chico al que sacudí estuvieron disponibles para hablar con los míos, cuando durante el resto del curso habían estado ocupadísimos, pero esa es otra historia. Lo que cuenta es que me dejaron en paz, nadie volvió a meterse conmigo y pude ir al instituto sin llorar ni sentir pánico.
Pero eso deja huella. Eso te rompe por dentro, te deja la autoestima hecha pedazos y la sensación constante de que no vales lo suficiente. Que, si consigues un buen trabajo, ha sido suerte o casualidad, nunca valía. Si tienes amigos, piensas que están contigo por lástima, no porque te aprecien. Si tienes una pareja, estás dispuesta a aceptar cualquier dinámica tóxica que tú misma reconozcas porque, bueno, mejor es eso que nada, ¿quién te va a querer a ti? Si no te agarras a eso, morirás sola, y además tú no mereces más. Eso no se termina de curar nunca, siempre sigue ahí.
Durante mucho tiempo me dijeron “tienes que perdonar y seguir adelante, si no perdonas no puedes crecer, tienes que entender, tienes que ponerte en su lugar, tienes que ser empática…”. Una vez más, el fallo lo cometía yo y si estaba mal, no es porque hubiera sufrido una situación traumática, sino porque era mala y no perdonaba a mis acosadores. Me esforcé por hacerlo, por encontrar ese perdón. Hasta que un día, años más tarde, coincidí con uno de aquellos.
Me saludó muy efusivo, todo sonrisas y me recordó “lo bien que lo pasamos en el instituto, lo mucho que nos divertíamos”. Lo llamó “bromas” y dijo que reconocía que “quizá fuimos -nótese el plural- un poco cabroncetes, pero, bueno, éramos chavales y yo tampoco me quedé manca, ¿verdad?”. Y fue como si algo se rompiera dentro de mí, una cuerda muy tensa que me había tenido presa y que al fin, se había soltado. Ahí me di cuenta de que yo no necesitaba perdonar ni ser empática con alguien que nunca lo había sido conmigo y que hoy, más de diez años después, seguía sin serlo. Era esa persona quien necesitaba perdón, quien, al crecer, se había dado cuenta de que había sido un mierda y no le gustaba pensar eso de sí mismo aunque fuese verdad. Necesitaba que le perdonaran.
“No” contesté. “No fue divertido y yo no me quedé manca, sólo me defendí. Ojalá lo hubiera hecho antes”. Se le cayó la sonrisa falsa y trató de quitar hierro, que si habían sido bromas, que si era un juego, que si… y no se lo permití. Con toda calma le hice saber que para mí no fue un juego, para mí era algo pavoroso y nunca tuvo la menor gracia. Le dije que me alegraba de haber saltado como lo hice porque quedó claro que era la única manera de que me dejaran en paz. Y que si ahora él lo sentía, si ahora se daba cuenta, era un poco tarde para ello.
Vino buscando mi absolución y no se la di. Según muchas terapias, hice mal. Según mis tripas, hice magníficamente. Me sentí de maravilla, un peso inmenso que me quité. Yo no fui la mala por no perdonar, ellos fueron los malos por torturar a una niña un año menor que ellos durante meses y meses. No creo que sea saludable tener empatía con quien nunca la tuvo contigo, ni perdonar a alguien, después de que te hizo incluso fantasear con el suicidio, sólo porque lo pida y nada más.
Hoy día me siento mucho mejor. Sé que no tengo la misma autoestima que una persona sana, que mi Impostor sigue ahí, insidioso, buscando el menor resquicio de cansancio o tropiezo para torturarme.
Pero el ser consciente de quiénes fueron los verdaderos culpables en aquella situación y no exigirme a mí misma un perdón que no siento ni necesito, me ayudaron mucho, pues a raíz de aquello pude olvidar y construir. Desde entonces me recuerdo a mí misma que el perdón, a no ser que uno se llame Jesucristo, es voluntario, y sólo debes darlo si la persona hace por merecerlo y lo busca activamente, y sólo si tú mismo lo quieres dar. No porque sí.
¿Qué os parece?
