¿Defensora del body positive? Me vi criticando a chicas de la 46 con shorts. Me dio un pequeño escalofrío en el estómago, como si algo dentro de mí dijera: “¿Pero qué estás diciendo?”. Siempre fui de las que celebraban cuerpos de todas las tallas, las que compartían posts inspiradores y decían que cada cuerpo merece respeto. Hasta que un día, caminando por la calle, mis ojos se fijaron en unos muslos y un par de pantalones cortos, y sin pensarlo mi mente empezó a juzgar: “¿En serio eso?” Fue un momento tan absurdo que me reí sola mientras seguía caminando, pero también me dio miedo darme cuenta de lo que estaba pasando.
¿Niños jugando haciendo ruido porque son niños? Mi primera reacción fue pensar que era culpa de sus madres. Sí, sus madres, porque en mi cabeza eso nunca dependía de hombres. Antes de tener hijos, defendía a los niños, decía que el ruido forma parte de la infancia, que es natural, que los adultos deberían ser pacientes. Pero observando a tres pequeños corriendo y gritando en un parque, mi cabeza empezó a organizar teorías sobre disciplina ausente y madres permisivas. Todo un cambio de perspectiva que me dejó medio loca. Era yo, la misma persona que siempre decía “déjalos ser niños”, ahora cuestionando la capacidad educativa de otras mujeres y sin tener en cuenta a los padres.
¿Si no conoces ni tu pueblo, para qué vas a viajar al extranjero? Y la ironía es que lo decía mientras yo misma había visitado más de 30 países, y sin embargo, no conozco cada esquina de mi propio pueblo. Pero lo decía con una convicción que cualquiera que me conociese y me escuchase diría “esta tía es gilipollas”.
Política española, maldito Abascal, nos va a llevar a la guerra. Antes evitaba comentar política, siempre neutral, incluso defendiendo a veces las medidas sociales, intentando no entrar en debates tóxicos. Ahora, cada titular que veo me despierta una chispa de ira automática. Me descubrí diciendo mentalmente que “todo es culpa de él” y que ciertas decisiones eran absurdas, sin analizarlo demasiado, solo porque mi cabeza había adoptado un tono crítico constante que antes me parecía injusto.
Vientres de alquiler. mi yo anterior pensaba que era un tema delicado, polémico y que debía abordarse con respeto. Ahora, mi juicio interno era rápido: una quiere dinero y la otra un bebé, todo correcto, como si eso resumiera una situación compleja sin matices. Me di cuenta de que había simplificado demasiado, que juzgaba decisiones de otras personas de manera automática, casi sin empatía. Y lo peor es que me sorprendía defendiendo posturas opuestas de lo que alguna vez había creído.
Y ¿cómo creéis que me di cuenta de todo esto? Porque mi novio tuvo que decírmelo. Me había vuelto una radical y estaba siendo muy insoportable, y yo sin ser consciente de ello. Me miré en el espejo y me vi reflejada como el tipo de persona que siempre había criticado, aquella que mira a los demás y señala errores, que analiza a los demás con dureza. Ese golpe de realidad fue brutal, pero también liberador. Porque admití mi propia hipocresía y mi capacidad de transformarme en algo que antes consideraba intolerable.
Ahora he vuelto a aplicar mi máxima “si el comentario que vas a hacer sobre el cuerpo de alguien no puede cambiarlo en menos de 10 segundos (“tienes algo entre los dientes”) no lo hagas”. Así recuerdo que tengo que frenar, recapacitar y mentalizarme en qué versión de mi quiero ser.
