Os cuento obviamente cambiando detalles y nombres.
Laura es la típica persona que repite patrones dañinos, y aunque probablemente muchos digan que “es su problema, es mayorcita, ella sabrá”, la realidad es que no.
En el instituto conoció a su primer novio, el típico malote que vuelve a todas locas (muy cliché sí, pero es cierto) y en menos de un año estaba embarazada. “El malote” apareció en el hospital cuando nació el niño, llevó un paquete de pañales y nunca más se supo nada de él.
Dos años más tarde conoció en su trabajo (limpiaba oficinas y zonas comunes de edificios) a un chaval simpático que poco a poco la fue conquistando. Cuando ella se iba él le acompañaba hasta la puerta porque aprovechaba para fumar. En uno de estos acompañamientos le propuso un café y Laura dijo que sí, aunque tenía que llevarse a su hijo. Fuera de todo pronóstico, a “El Simpático” no le pareció mal, todo lo contrario. Tres meses más tarde llegó otro test de embarazo positivo.
Laura siempre nos hacía comentarios de “no puedo ir, porque “El Simpático” no me deja” o “este mes no tengo nada de dinero porque él lo necesitaba, ¿podéis dejarme para pañales?”.
Nos costó mucho que fuese consciente de su situación, por suerte nuestro grupo de amigos siempre estuvo presente, aunque a ninguna de sus parejas le hiciese ni pizca de gracia. Cuando Laura había decidido envalentonarse…otro test positivo. Y quería tenerlo.
Cuando nació su tercera hija, dejó de ser “El Simpático” para convertirse en “El Maltratador”. Durante años había pasado desapercibido su verdadero carácter y, aunque hasta la fecha la estuvo anulando psicológica y económicamente, ahora era también físico. Con tres niños Laura no llegaba a todo y esto a él le cabreaba. Exigía su comida caliente, su casa limpia, sus hijos atendidos (el mayor le daba igual y siempre hacía comentarios explícitos sobre ello) y que su mujer cumpliese con sus obligaciones maritales.
Vamos a ser sinceros, no estamos orgullosos, pero secuestramos a Laura. Nos metimos todo el grupo de amigos en pelotón en su casa cuando sabíamos que “El Maltratador” no estaba y llenamos nuestros coches de sus pertenencias. Pasó una temporada en casa de una compañera mientras hacía los trámites de denuncia.
En poco tiempo se dio cuenta de que lo que estaba aguantando era un infierno. Como no tenía ingresos porque era imposible gestionarse con los niños, le ofrecieron como medida de apoyo una vivienda temporal. Aceptó. Se mudó a otra provincia, el único sitio con disponibilidad de 1 habitación para ella y sus tres hijos. Todos los amigos intentábamos ir periódicamente a verlos.
La última vez que fuimos, hace apenas una semana, nos comentó ilusionada que estaba conociendo a alguien por Facebook. Si en aquel momento nos pinchan, no sangramos. Se que está mal, pero le pedimos ver las conversaciones con él.
Dos de nuestras amigos se fueron en ese momento. “No vamos a ayudar a quien no quiere ayudarse, vas a acabar mal”. Y sinceramente, no puedo juzgarlos, es totalmente entendible su opinión.
Pero fue otra amiga la que la hundió cuando se fue “Tenían que castrarte para que dejases de traer niños en estas condiciones, no aprendes”.
Parecía que todo empezaba a ser mejor, pero solo se está repitiendo la misma historia una vez más…y no se si aguantaré hasta el final.
