Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Conocí a Susana a través de mi marido. Era la mujer de un compañero suyo de trabajo y congeniamos desde un primer momento. Hacíamos planes, quedábamos a cenar y cuando nos dijeron que iban a ser padre nos alegramos muchísimo por ellos.
Yo por aquel entonces trabajaba en una empresa en la que no era feliz. Echaba muchas horas, tenía un jefe imbécil y el sueldo tampoco era para tirar cohetes. Entre mi marido y yo echamos números y decidí que era buena idea ponerme a opositar y así cambiar de rumbo profesional. Tendríamos que apretarnos un poco el cinturón mientras tanto, pero era factible.
La oposición me la tomé como un trabajo más. No era remunerado, pero sí le echaba las mismas horas que trabajando fuera de casa. Tenia un horario establecido, me busqué un preparador y me lo tomé en serio desde un primer momento. En ese tiempo solo entraría un sueldo en casa y no nos podíamos permitir estar mucho tiempo así.
Susana me apoyó mucho desde el principio y ambas nos acompañamos en nuestros respectivos proyectos personales: ella, su embarazo; yo, mi oposición. Quedábamos alguna tarde a tomar algo y nos poníamos al día. A mí, con lo solitarias que son las oposiciones, más allá de mi marido, quedar con ella me daba mucha compañía.
Cuando dio a luz nos volcamos en ellos. Intentamos ayudarles en todo lo que podíamos, le hacíamos regalos a la peque, quedábamos en su casa en vez de salir por ahí para no alterar los horarios de la niña. Cosas así. Nos adaptamos a su situación porque eran nuestros amigos y sentíamos que así era mejor para ellos.
Al terminársele la baja por maternidad, Susana decidió dejar su trabajo para dedicarse a cuidar a la bebé. Decía que, para lo que cobraba, no les traía a cuenta que otra persona les criara a su hijo. A mí me pareció genial. Cada familia se organiza como quiere o puede.
Sin embargo, pasado ya un tiempo, cuando la niña tenía un año o así, Susana quería reincorporarse al mercado laboral porque se sentía muy estancada. Yo continuaba con mi oposición, avanzando cada vez más y sintiendo que aquella podía ser mi convocatoria.
Un día por la tarde me escribió a whatsapp preguntándome si al día siguiente podía cuidarle a la niña, que tenía una entrevista de trabajo y no tenía con quién dejarla. Yo tenía mis horarios de estudio muy marcados, como si fuera una jornada laboral, pero pensé que podría reorganizarme y así echarle una mano, así que acepté. Entre una cosa y otra perdí toda la mañana de estudio y ya tuve que replanificar toda la semana para meter aquellas horas en algún hueco.
Aquella entrevista no salió y otro día volvió a preguntarme otra vez si podía hacerle de canguro. Volví a decir que sí. Era mi amiga y quería ayudarla.
Pero aquello empezó a convertirse en algo habitual y cada vez más recurría a mí. No quería contratar a canguros porque iban justos de dinero y quería encontrar trabajo, pero nosotros también estábamos con un único sueldo, no teníamos hijo y yo tampoco tenía trabajo hasta que no me sacara las oposiciones. Empecé a enfadarme: ¿por qué tenía que hacerme cargo de su situación personal cuando iba en detrimento de la mía? Me parecía bien una ayuda puntual, pero no aquello. Y me pregunté a mí misma: “¿Me pediría estos favores en horario laboral si yo trabajara en una empresa”. Obviamente, no. Ahí entendería que estoy trabajando y no se le ocurriría decirme que pidiera un día libre en el trabajo para hacerle de canguro. ¿Por qué no trataba igual las oposiciones cuando para mí era mi proyecto profesional, al que tanto tiempo, dinero y esfuerzo le estaba dedicando?
Al final, uno de los días que volvió a pedirme que cuidara de la niña, le escribí diciéndole que ya me era imposible, que fuera de mi horario de estudio podía contar conmigo cuando quisiera o si había alguna emergencia médica o similar, también, pero que, si no, no podía aparcar las oposiciones a cualquier hora que necesitara de mí.
Se enfadó y dejó de hablarme. Está claro que puedes hacerlo todo siempre bien y dar mucho a los demás, que en el momento en el que pones límites ya eres mala malísima. Quizás esto no me hubiera pasado si desde el primer momento hubiera puesto pie en pared, pero tampoco imaginé nunca que mi amiga pretendiera disponer de mi tiempo a su antojo.
He querido mantener algo de relación con ella porque al final nuestros maridos son compañeros de trabajo y, sobre todo, por la niña, a la que quiero mucho y no tiene culpa de estas cosas de mayores, pero ya lo he dado por imposible. Qué pensáis.
