Amo salir a comer, es para mí una de las actividades más placenteras del mundo. Creo que disfrutar de una buena comida en buena compañía, probar nuevos sabores y compartir risas en torno a una mesa son experiencias que la mayoría de nosotros valoramos. Y además, tengo la suerte de compartir esta pasión con mis amigas, así que uno de nuestros planes preferidos es elegir restaurante y salir a comer, o era, porque ahora, todo esto se ha convertido en un verdadero suplicio y todo porque mi amiga Leticia ahora es una obsesa de la comida sana.
Leticia lleva formando parte de mi grupo de amigas más de veinte años, nos conocimos siendo adolescentes y hemos resistido hasta hoy y, aunque la vida nos ha llevado por caminos muy distintos, siempre hemos seguido unidas haciendo planes juntas y, uno de los que más nos gustaba era buscar cualquier excusa para salir a comer o a cenar.
Letizia siempre ha formado parte de estos planes como una más ya que siempre ha compartida con nosotras esta pasión, hasta ahora.
Aunque siempre ha sido una persona interesada por comer saludable y variado, no ha tenido nunca problema en disfrutar de una pizza, un postre o una copa de vida. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, algo comenzó a cambiar. De repente, empezó a hablar con frecuencia sobre calorías, grasas, carbohidratos, y las interminables dietas que había probado.
No fue algo que ocurriera de un día para otro, pero pronto empezamos a notar que esta obsesión iba a más. Cada vez que nos reuníamos para comer, había una constante preocupación por elegir el lugar adecuado, el menú correcto y, sobre todo, por controlar lo que comía. Lo peor era que esta preocupación no se limitaba solo a su elección de comida, sino que influía en lo que debíamos o no pedir las demás. Al principio pensábamos que era algo pasajero, pero lleva seis meses así y ya no la aguantamos más.
Ahora, desde el momento en que elegíamos el lugar, comenzaba la fase de análisis. ¿Este sitio tiene opciones bajas en calorías? ¿Es el menú lo suficientemente saludable? ¿Proceden los alimentos de comercio local? ¿Tienen opciones preparadas con alimentos ecológicos?
Aunque parece una simple búsqueda de opciones saludables, pronto nos dimos cuenta de que no se trataba solo de eso si no de un control exhaustivo y continuo de todo lo que se puede comer en los sitios propuestos.
Y no acaba aquí, una vez que escogemos un lugar que puede encajar, cuando llegamos allí con la idea de disfrutar de una comida o cena agradable entre amigas, comienza la siguiente fase: sus discursos
¿Sabéis de dónde viene eso? ¿Tenéis idea de la cantidad de calorías vacías que tiene esa tarta? ¿Y esa copa de vino? ¿No sería mejor que en vez de pedir patatas pidiéramos ensalada de acompañamiento?
Nos ha sermoneado todos y cada uno de los días que hemos salido a comer con la necesidad de cuidarse, de ingerir alimentos de kilómetro cero, de eliminar el azúcar de nuestra dieta y de la casi obligatoriedad de consumir en ecológico.
Por supuesto nos ha vetado sitios de comida rápida, restaurantes de los que no tenga clara la procedencia del producto y un sinfín de apuntes más.
Cada vez nos cuesta más saber cómo abordar esta situación ya que, juntarnos para comer es uno de nuestros planes favoritos, de los que llevamos haciendo casi como un ritual desde que nos conocemos, pero ahora el solo hecho de organizarlo ya es un evento incómodo para todo, pensando en qué dirá Leticia sobre el sitio o sobre la comida.
Esto ha hecho que nuestras salidas se hayan espaciado, incluso algunas veces ya hemos quedado sin ella porque, o bien porque hemos sido incapaces de encontrar algo que se adaptase a sus exigencias y ella no ha venido, o directamente no le hemos dicho nada para evitar su escrutinio y sus discursos.
Hemos hablado con ella, intentando que flexibilice un poco sus exigencias o, incluso, planteándole que pueda venir garantizándole que habrá opciones para ella siempre que ella respete lo que nosotras queramos pedir sin que nos sermoneé, pero se lo ha tomado a broma y nos ha dicho que en el futuro se lo agradeceremos y que no parará hasta que veamos la necesidad de cambiar nuestra forma de comer.
Lo más triste de todo esto es que las salidas a comer que eran para nosotras una forma de disfrutar de la compañía las unas de las otras se han convertido casi en un suplicio.
Ahora estamos en un punto muerto, esperando que se le pase todo esto, o que al menos se relaje en cuanto a la forma que tiene de gestionarlo con nosotras, pero tenemos pocas esperanzas al respecto y ya hemos hablado de que en el caso de que esto siga así durante varios meses más le plantearemos un ultimátum para que decida qué le importa más si la comida o sus amigas.
