Ahora mismo estoy que si me arriman cerilla, la prendo, así lo digo. Esto es algo que yo veía venir y he intentado evitarlo, pero al final ha pasado. Os cuento.
Cuando me casé con mi marido, mi cuñada tenía ya un niño y en ella es habitual soltar la mano, según ella porque si no, “es que no le hacen caso”. No es que le pegase con el cinturón, pero una colleja, un azote, raro era el día que íbamos a verla y el crío pasaba sin ellos. Hablamos de que entonces el niño no tenía aún cuatro años. Su marido piensa igual, es de los de “en mis tiempos no había psicólogos, había zapatilla y mira qué bien hemos salido, una torta a tiempo quita mucha tontería”. A mí se me partía el alma ver que el niño lo mismo estaba jugando, viendo la tele a su bola, y su madre le llamaba una sola vez, si no acudía, collejón y gritos, “¿ves como si no, no hace caso? ¡Que aprenda a obedecer a la primera y verá como no hay cates!”. Se lo dije a ella a solas una vez o dos, y me dijo que era su hijo y que no me metiera en su forma de educarle, así que me callé.
En un principio, mi marido, como su hermano, estaba de acuerdo con ella, que si una colleja no es pegar, que si un azote a tiempo marca límites y hace que los niños respeten, que si ahora no hay disciplina… cuando me quedé en estado de mi hija, se lo dije muy en serio: “ni la pienso educar como tu hermana, ni pienso dejarte que lo hagas tú. Como vea que le levantas la mano a la niña, vamos a tener un problema”. Y aunque al principio se buscaba excusas y situaciones imposibles “imagínate que te monta una pataleta de las que se queda sin aire de llorar -mi sobrino hacía eso- y no hay forma de razonar ni de callarla, ¿qué haces?”, pero hay que reconocer que él mismo ha visto que se puede lidiar con cualquier situación sin golpear a un niño, y ahora piensa también que ni una colleja, ni un azote, ni nada, que el que un adulto pegue a un niño pequeño es una salvajada, se mire como se mire.
Bien, mi cuñada se quedó en estado del segundo poco más o menos cuando yo, mi hija nació un par de meses antes que el suyo. Tenemos mucho roce con ellos y a los primos les encanta jugar juntos, y yo he intentado explicarle a mi hija que en casa de la tía hay que portarse muy bien para evitar que pegue a los primos, pero los niños son niños y a veces suceden accidentes. El otro día estábamos en su casa los dos matrimonios y los niños pequeños, y de pronto sonó el estruendo, el llanto, acudimos corriendo al salón y vimos lo sucedido: se habían subido al sofá a jugar a algo y habían tirado un plato decorativo que había colgado, un plato con la fecha de la boda de mis cuñados que tenían en mucha estima.
Mi cuñada no miró si los niños se habían hecho daño, directamente les gritó, pegó al suyo, tomó del brazo a mi hija y también recibió. El grito que di fue fino. Nunca se me había ocurrido pensar que podía atreverse a pegarle, la verdad, y menos todavía delante de mí.
En ese momento, lo voy a admitir, lo que me salía del alma era pegarle a ella un bofetón, a ver si le gustaba la medicina, y le dije que si ella sólo sabía educar a palos, no me metía, pero que a mi hija no tenía ningún derecho a tocarla. Bueno, pues según ella, la cosa seguro que había sido culpa de mi hija, porque como es mayor que el suyo -dos meses- SEGURO que ella había tenido la idea. Mi marido se cabreó, yo me cabreé, cogimos a la niña y nos marchamos.
Llevamos desde entonces sin hablarles. Mi cuñada dice que tengo que pagarle el plato, y yo digo que primero me pida perdón a mí y a mi hija, y luego ya veremos qué pasa con el puto plato, que parece que le importa un pimiento si su hijo se abre la cabeza, pero, por favor, un plato con una fecha es valiosísimo como un diamante africano. Mi hija dice que quiere ver al primo, pero “sin la tía mala”, porque ahora le ha cogido miedo, el mismo que le tienen sus hijos aunque ella no lo quiera ver. Mi marido dice que estaría dispuesto a comprarles un detalle o pagar el dichoso plato, pero desde luego tiene que pedirnos perdón y comprometerse a que, aunque le tiren la casa a pedazos, a nuestra hija no vuelva a tocarle un pelo.
No sé en qué quedará la cosa, porque ella no quiere ceder, y a mí, sinceramente, me da igual no volverla a ver, lo sentiría sólo por mi hija porque eche de menos a los primos.
