Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Hace dos años me compré una casa. Una localidad tranquila, bonita, todo de maravilla si no fuera por el imbécil de vecino que me ha tocado en gracia. Él encabezando la familia, pero su mujer es igual de idiota y sus hijos tienen cero educación. La que tienen sus padres, claro.
Para empezar, hacen cosas que no son lógicas, como ponerse los domingos a las nueve de la mañana a aspirar el coche debajo de mi puñetera ventana del dormitorio. O por ejemplo, sus hijos no tienen hora para ponerse a dar pelotazos y gritar como berracos en el patio, ya sean las 3 de la tarde, las 4 , o las 12 de la noche.
Ellos madrugan mucho y mi despertador de lunes a viernes es su hijo menor tocando la flauta o el tambor a las ocho menos cuarto de la mañana. En serio, no me parecen normales.
He ido varias veces a llamarles la atención, pero el pavo me responde con una sonrisa y una cara de tonto que me dan ganas de reventársela. La última vez me dijo “son cosas de niños” (cuando su hijo tiene ya los huevos negros), a lo que le respondí que entonces con más razón: sus padres deben velar porque el niño no toque las pelotas al vecindario. Es decir, si el chiquillo no tiene en cuenta que es hora de descanso, lo normal es que los padres les digan que no son horas de molestar. No sé, llamadme rara pero yo lo hago con mis hijos.
En las calles con casas hay una norma no escrita que dice que, si cada casa tiene su puerta, lo normal es que cada uno aparque ahí su coche. Es decir, si yo tengo mi puerta, no es normal que yo le quite el aparcamiento al vecino. Esta gente como ya sabemos no entiende mucho de convivencia, pero es que tienen dos coches y todos los putos días, como llegan antes que yo, aparcan un coche en su puerta y el otro en la mía, con lo cual me obligan a irme a aparcar a un parque tres calles más allá, por no quitar yo a su vez la plaza a otro vecino.
Yo también tengo niños (más pequeños y educados que los suyos, por cierto) y cuando llueve o llegamos tarde, a mí también me gustaría que mis niños no se mojasen o no tener que hacerlos cruzar tres calles cuando se supone que debería tener mi puerta libre, por una simple cuestión de educación.
Viendo que no lo entienden, llegué a hablar con ellos, con él, concretamente. Le expliqué amablemente que, si él ya aparcaba en su puerta, que por favor tuviese el detalle de dejar la mía libre, que cuando llegaba cargada con la compra o con los niños, necesitaba aparcar cerca, a lo que me dijo con su característica sonrisa de deficiente mental, que no se había dado cuenta. Oh. Aparca y no se da cuenta dónde. Qué curioso.
Le quise dar un voto de confianza y lo dejé estar, pensando que se iba a acabar el problema. Pero cuál fue mi sorpresa cuando al día siguiente, y al otro, y al otro, lo siguió haciendo.
Desde entonces tenemos una lucha encarnizada por MI plaza de parking. Salgo antes del trabajo sólo por cogérsela. Ha habido veces que lo he visto por la autovía y le piso al gas como una loca para adelantarlo y que no me la quite. Otras veces no lo consigo y él entra antes en la calle y tengo que presenciar su maniobra para meterse en MI PLAZA. A Dios gracias que soy una persona centrada y civilizada porque día sí, día no, me dan ganas de reventarle el coche con un palo y rajarle las ruedas.
No lo he hecho. Aún. Pero no os prometo nada porque os juro que ME SACA DE MIS CASILLAS.
