¿tenemos 35 o 15 años?
Sí, como os podéis imaginar, la respuesta a esa pregunta es 35. Mi amiga y yo tenemos 35 años, empezamos a estar más cerca de los 40 que de los 30.
Somos, o quizá debería decir éramos, amigas desde que tenemos uso de razón. Con cuatro años ya correteábamos juntas por las calles de nuestro pueblo. Nos hicimos adolescentes juntas, íbamos a los mismos campamentos, tuvimos nuestros primeros novios más o menos a la par, éramos uña y carne. Nos fuimos a estudiar a la misma ciudad, eso sí, cada una tiramos por una carrera diferente: nuestros caminos se separaron ligeramente pero seguíamos viéndonos todas las semanas varias veces, estudiando juntas, yendo al pueblo juntas, nos las arreglamos para unir nuestros diferentes grupos de la universidad.
En fin, no me enrollo más, lo que quiero decir es que éramos las mejores y más unidas amigas que os podéis imaginar.
Yo siempre he pensado que nuestra relación, además de preciosa, era muy sana. Sin embargo, este año ha pasado una cosa que me ha hecho dudar de lo saludable de nuestra amistad.
He dicho que nos las hemos ingeniado para unir nuestros grupos de la uni. Es cierto, pero no dejan de ser grupos separados. Se llevan bien entre todos y de vez en cuando los juntamos, pero la tónica general es que quedemos por separado. Hace poco fue mi cumpleaños, coincidió con un fin de semana y mi amiga me dijo que hiciéramos planes con otras amigas ese finde. Acepté, planazo de celebración, sin embargo, me llamó mi madre que por favor, fuera ese fin de semana al pueblo a verles, que me echaban de menos. Llamé a mi amiga y la informé del cambio de planes que le pareció de lo más lógico.
Sin embargo, cuando llegué a mi casa para hacer la maleta me encontré con todas mis amigas de la universidad en mi habitación ¡me habían preparado una sorpresa por los 35 y mi madre se había compinchado con ellas! Me hizo muchísima ilusión, me volví loca y nos fuimos a celebrarlo como ellas habían pensado. A mí, envuelta en la alegría y la euforia de una sorpresa así, no se me ocurrió pensar en mi amiga a quien había cancelado el plan. Quiso la suerte que el cortejo de cumple pasara por una calle céntrica en la que estaba su hermana, que, obviamente, se lo dijo.
Al día siguiente, con una resaca mortal, la llamé súper feliz para contarle la sorpresa que me habían dado y para quedar ese día a comer, ya que al final no me había ido al pueblo. La llamé tres veces hasta que me lo cogió y cuando por fin lo hizo solo me respondía con monosílabos. Yo no entendía qué pasaba. Me colgó de malas maneras y al cabo de una hora recibí un texto gigantesco por WhatsApp en el que me decía de todo menos bonita. En resumen, me llamaba traidora y me decía que era una egoísta y que si no quería salir con ella no tenía por qué engañarla, que si había cambiado una amistad de siempre por mis nuevas «amiguitas», que yo sabría lo que hacía.
La volví a llamar para explicárselo otra vez, que había sido una sorpresa y yo no sabía nada, pero me volvió a colgar casi sin decirme nada. Después de eso me fui a su casa, no me abrió la puerta. Lo he intentado varias veces, pero ya me he cansado. No creo que haya sido para tanto, sobre todo porque yo no lo hice a mala idea, me creí lo que me dijo mi madre. Sí hice mal en no llamarla en el momento en que me enteré de la sorpresa y decirle que viniera, pero estaba tan eufórica que no lo pensé. No creo que sea para castigarme de esta manera ni una razón para que considere dejar de ser amigas.
