Muy buenas noches. Quiero compartir con todas vosotras algo que no es un problema gravísimo ni que me afecte en mi día a día mucho, pero me toca la moral y empieza a plantearme algunas cosas.
Resulta que a mi pareja no le gusta nada coger el autobús y sí, parece una tontería, pero es que vivimos en una ciudad donde coger el coche se convierte en un coñazo y un agobio en muchas ocasiones, sobre todo porque está masificada y encontrar aparcamiento es muy complicado. Por ello, por ejemplo, para ir al centro a hacer pequeñas gestiones del día a día, a mí me gusta mucho coger el autobús o, yo qué sé, para irte una tarde a merendar al centro.
Pues es misión imposible: dice que no le gusta que haya un porrón de gente y que, mientras pueda evitar coger el autobús, lo va a evitar. Lo cumple a rajatabla. Vamos, coge todos los días el coche para ir a trabajar, se gasta un pastón en gasolina al mes, pero él, por sus narices, no se sube a uno. Y muchas veces me quedo sin hacer planes simples porque al sitio al que quiero ir no es accesible en coche o no hay aparcamiento, y me tengo que fastidiar porque al niño no le apetece subirse en un bus.
A ver, que a mí tampoco es que me apasione, pero yo lo cojo todos los días para ir al trabajo porque es muy útil y, la verdad, no tengo ningún problema ni me supone ninguna carga mental como a él le pasa.
No sé si parezco exagerada, pero es algo que me toca bastante las narices. Tanto aburguesamiento y tener que renunciar a algunos planes me toca bastante la moral, sumado al gasto de dinero y a que, ni corto ni perezoso, me dice que no a cualquier plan que yo quiera que conlleve un autobús.
Estoy un poco harta y quemada. Sé que hay problemas más graves, pero no me gusta que el señorito sea tan cómodo. Hay veces que me ha soltado que no lo coge porque “es de pobres” y creo que hay que ser un poquito más humilde en esta vida.
