No soporto a esa gente que, para construir su futuro, desea el mal ajeno. Me explico. Conozco a muchas personas que cuentan con herencias a costa de desear, directa o indirectamente, la muerte de otros. ¡Con lo fácil que sería contar sólo con nuestro patrimonio y que cada uno de nosotros lo disfrute hasta su último aliento!
Mi abuelo murió de manera repentina. Era mayor, pero ni estaba mal ni era un dinosaurio. Un infarto fulminante acabó con él en su cama, con cara de angustia y toda su prole alrededor sin tener muy claro si era una broma o realmente el abuelo había llegado a su fin. Es muy bonito eso de morir en tu cama, la parte no tan bonita es cuando los tuyos van a tu casa y el muerto está allí, como siempre, pero sin un hálito de vida. Y entonces, ese espacio común, pasa a ser el espacio de su muerte y, con ella, un lugar inhóspito.
Y en esas estaba yo pensando cómo iba a volver a aquella casa sin recordar a mi abuelo muerto e intentando verle haciendo sus berenjenas fritas o la tortilla que le daba mil vueltas a la de la abuela… Se había ido y ya era evidente. Tenían que venir a certificar la muerte y llevárselo al tanatorio.
En esas, mi prima, esa que se había criado conmigo en la casa en la que estábamos, tuvo la feliz idea de ponerse como una posesa a abrir armarios, cajones y todo aquello que pudiera albergar algo en su interior. Todos nos empezamos a poner nerviosos y mi tía le preguntó literalmente: “¿Qué cojones haces?”. Sonará relativamente brusco, pero es que mi tía es muy fina y jamás dice nada que se salga de lo políticamente correcto… Imaginaos el nivel de ajetreo.
Entonces, mi prima se giró y dijo: “¡Pues buscar las monedas del abuelo! Habrá que repartirlas…”. Así, con todo su papo. No se cortó ni intentó disimular… Yo, que soy de mecha corta, le dije: “Joder, Carmen, que se acaba de morir. ¿Puede esperar a que, por lo menos, lo enterremos para intentar hacerte con el botín?”. Y la que se lió.
Mi madre me dio un manotazo y me dijo que me estuviese calladita, mi tía me dijo que no me pasase, mis otros primos que soy una insensible… ¡Todo me cayó a mí y la que estaba buscando las monedas era ella! Así que lo dije: “¡Dejad de echarme la bronca y pensad que está intentando repartir ya la herencia con el abuelo de cuerpo presente!”
Mi prima sólo respondió: “¡Que te den!” y, con esa tensión, pasamos ese día y el siguiente entre el tanatorio y el entierro. Después de todo el dolor por la pérdida, a eso tuve que sumar que toda la familia se enfadara conmigo y mi prima me dejara de hablar.
Y ahora, unos meses después y con disputas por la herencia me planteo si hice mal o si no. Creo que tendría que haberme quedado calladita, pero también creo que no eran ni el momento ni el lugar para empezar a buscar los tesoros del abuelo. sigo un poco en shock.
