Desde que mi tío compró una casa en su pueblecito como segunda residencia, he pasado parte de todos los veranos allí con mi familia. Para mí juntarme con primos, tíos, abuelos y amigos en ese pueblo siempre fue mejor que cualquier playa. Y según fui creciendo, más todavía, porque además de la familia estaban las fiestas con mi grupo de colegas.
La casa era de mi tío, sí, pero él siempre estuvo encantado de que cualquiera de nosotros la usara, porque estaba cerrada casi todo el año. Mi prima y yo éramos las que más íbamos: no nos perdíamos ni un puente ni unas vacaciones. Y aunque nos lo pasábamos de lujo, siempre cuidamos de la casa y jamás la liamos gorda, porque sabíamos perfectamente que, aunque nos dijera que era de todos, la realidad es que era suya.
Pasaron los años sin problemas… hasta que mi primo pequeño creció y empezó a ir también. Al principio guay, nos hacía ilusión compartir con él lo que tanto disfrutábamos nosotras. Pero la cosa se torció rápido. Pasó de echar unas partidas con los amigos a montar botellones y llenar la casa de desconocidos. Un día, volví de la piscina y me encontré la puerta cerrada con la cadena (algo que nunca hacíamos). Me abre una chavala que no conocía de nada y me suelta, como si nada, que mi primo estaba durmiendo. Y mientras, había gente tirada en el sofá y saliendo de la habitación de mis tíos. Flipé.
Hablé con él, me pidió perdón y pensé que la cosa quedaba ahí. Pues no. Esa misma noche, mientras yo estaba de fiesta, me escribieron los vecinos: la casa parecía la discoteca del pueblo, coches por todos lados, música a reventar y alcohol por el suelo. Intenté entrar para pararlo, pero otra vez con la cadena echada y nadie oía el timbre. Los vecinos no llamaron a la poli por la confianza, pero tuve que dormir en casa de una amiga, con un cabreo monumental.
Al día siguiente, vuelvo y me abre otro chaval, que ni me quita la cadena y encima me pregunta qué quiero. Le grité que abriera la puerta de MI casa, y va y me dice que mi primo no estaba, que se había largado y les había dejado a ellos allí con permiso. Dentro olía a marihuana que tiraba para atrás. No me dejaron entrar y me cerraron la puerta en las narices. Os podéis imaginar mi impotencia.
Al final, tuve que llamar a la madre de mi primo. Bastó una bronca suya para que él volviera corriendo al pueblo. Y lejos de disculparse, va y me suelta que la casa era tan suya como mía y que si no llevaba a nadie era problema mío. Me faltó un pelo para cruzarle la cara.
Después de aquello, mi tío (el dueño) me dijo que cambiara la cerradura y que solo yo tuviera las llaves cuando estuviéramos allí. Desde entonces, mi primo no ha vuelto a pisar la casa sin sus padres o los abuelos delante.
La confianza da asco, pero lo que más asco da es la gente que se aprovecha de ella.
Y ahora os pregunto: ¿qué habríais hecho vosotras en mi lugar, llamaríais a la poli aunque fuera de la familia o lo gestionaríais como hice yo?
