A mí me encantaría ser la nuera perfecta, pero es que mi suegra me lo pone muy difícil. El otro día se puso a contarme que los hijos de una pareja amiga “abusan” de sus padres porque les piden dinero, que cuiden de los nietos y, claro, así los pobres no tienen vida propia. Yo no sabía dónde meterme… mi cara debió de parecer la de alguien sufriendo un cortocircuito en directo.
Me dieron unas ganas tremendas de decirle:
“Señora, a su hijo lo estoy manteniendo y cuidando yo, porque usted lo ha enseñado a ser dependiente, dormido y sin sangre”.
Mi suegro lleva sin pegar palo al agua desde que nacieron los niños. Todos viven del sueldo de ella, por lo que se alimentan a base de garbanzos y patatas, día sí y día también. Son tres hijos y los tres han empezado a vivir cuando se han ido de casa… y aun así ella se cree con la potestad moral de criticar la ayuda que su amiga presta a los suyos.
Mi madre nos prepara los tuppers, nos presta y nos ofrece dinero cuando sabe que estamos más apretados… y después de hacer de su hijo un inútil funcional y no ofrecerle ningún tipo de ayuda cuando ya me lo endosó a mí, todavía tengo que escuchar cómo critica justo lo que debería estar haciendo ella.
Así es imposible no decirle cuatro cosas y acabar peleadas para la eternidad. Y, sobre todo, es imposible no pensar en mi madre, que está igual de entregada que su amiga, pero sin juzgar, sin reproches y sin creerse superior por ayudar.
Supongo que la próxima vez volveré a sonreír, asentir y morderme la lengua. No por educación, ni por paz familiar, sino porque a veces el mayor acto de generosidad es no explicarle a alguien, con todo detalle, en qué ha fallado durante los últimos cuarenta años.
