Esto es más que nada un desahogo. Desde hace años me pone de mala leche cada vez que pienso en la cuenta bancaria compartida de mi marido y mía… y es que somos tres en ella. La tercera en discordia. MI SUEGRA. No es por el dinero en sí, sino por respeto y límites. Y joder, porque tenemos 40 años y llevamos más de 5 casados.
Mi suegra está en la cuenta de mi marido desde que la abrió siendo un niño. Cuando “nos juntamos” su cuenta era la que más nos beneficiaba, por lo que simplemente anulé la mía y me sumó a la suya. Pero sin quitar a su madre.
Y lo peor es que mi marido dice de la forma más natural del mundo:
—Tranquila, lleva así toda la vida. No hace mal a nadie.
No hace mal a nadie dice. Como si la inclusión de su madre en nuestra cuenta fuera un gesto inocente y no me dejara de lado en algo que debería ser exclusivamente nuestro. Como si yo fuera secundaria en la gestión de nuestra economía y no tuviese derecho a participar en decisiones que nos afectan a los dos.
Muchas diréis “es su cuenta”, “es su madre”, “haberlo pensado antes”. Pero el problema real es su intromisión en NUESTRA economía.
Quise estudiar un máster para completar mis estudios, llevaba varios años sin trabajo por cuestiones de salud y lo mejor era especializarme y actualizarme. Pagamos la matriculación, unos mil y pico euros. El sábado en una de las eternas comidas familiares en casa de sus padres, mientras intentaba disfrutar del guiso de su madre, preguntó con tono inquisitivo.
—¿En qué te has gastado más de mil euros?
Como si no fuera asunto mío. Mi marido, por supuesto, intentó calmarme con su típica frase: —Tranquila, no hace mal a nadie.
No hace mal a nadie. Y mientras tanto, yo tenía que sonreír, asentir y comer, tragando no solo la comida, sino la humillación implícita de que alguien que no pone un solo euro en nuestra vida pueda cuestionar nuestras decisiones. Pero vamos a ver, que narices le importará en qué nos gastamos mil y pico de euros, como si es en pipas.
Cada vez que voy al supermercado y gasto lo que necesito para nuestra casa, recibo comentarios que me hieren como cuchillos:
—¿Cómo puedes gastarte tanto si te llevas tuppers de aquí?
Tuppers que mi suegra prepara, que yo acepto porque sí, porque no quiero guerra, pero que se convierten en una excusa para cuestionar cada céntimo que pongo en nuestra vida.
Cada compra es un juicio. Cada euro que no pasa por sus ojos es un pulso. Y mi marido, siempre tan calmado, me recuerda:
—Tranquila, lleva así toda la vida.
Lleva así toda la vida, y yo llevo así años sintiéndome desplazada, ignorada, como si no formara parte de lo que debería ser una sociedad de dos.
Y me enfado más cuando pienso en la próxima comida familiar, cuando exija una explicación de un gasto, cuando tenga que escuchar otra vez comentarios sobre mi manera de gastar, como si yo no fuera adulta y no supiese cómo manejar mi propia vida. Creo firmemente que cada día va al banco a ver los últimos movimientos.
Mi suegra en la cuenta de mi marido no es un detalle inocente, sino un recordatorio constante de que no estoy en el centro de nuestras decisiones, de que hay una tercera persona que puede opinar, intervenir y lo que es peor, controlar. Y yo aquí, con la boca cerrada, tuppers y reproches, mientras mi marido sonríe y repite:
—Tranquila, lleva así toda la vida.
Si, lleva así toda la vida… hasta que llegue el día que de verdad me hinche las narices y le eche valor, porque va a arder Troya.
