Mi pareja y yo queremos ser padres y hemos estado un año intentándolo de forma natural. En vista de que no ha habido éxito, decidimos ir al ginecólogo y están haciéndonos pruebas a los dos para ver cuál es el problema y si podemos ser candidatos o no para una fecundación in vitro.
Al principio, mantuvimos el secreto para nosotros porque queríamos ver hacia donde iba la cosa, pero, en vista de que el proceso va para largo, decidimos contarlo a nuestras familias en busca de un poco de apoyo moral.
Mi familia se mostró comprensiva y nos alentó a seguir haciéndonos pruebas y a confiar en los médicos, pero, la suya, se mostró muy sorprendida, según mi suegra porque: “ningún hombre de su familia ha tenido nunca problemas para tener hijos”.
Ese comentario me sentó fatal porque era una clara alusión a que, el problema de la infertilidad, era mío, pero, el tiempo pasa y se está obsesionando demasiado con el tema. Ahora sólo quiere hablar de bebés, de ropita y no deja de preguntar que cuando va a ser abuela y cómo va el proceso de fertilidad, hasta tal punto que ha llegado a insinuar que, si no lo conseguimos pronto, su hijo es joven y aún puede encontrar a otra mujer con la que ser padre.
No sé si me sentó peor el comentario o que mi marido no le dijese nada. Me sentí súper humillada y poco valorada por mi pareja, que fue incapaz de ponerle límites a su madre. Siento que esto me está empezando a venir grande y me estoy desmoralizando mucho.
