Voy a empezar por decir que ni yo misma me puedo creer que me haya pasado esto. Es que es de esas historias que solo pasan en las películas o en las series de Netflix, pero no, resulta que ahora mismo yo soy la protagonista.
Intentaré no irme por las ramas ¿os parece? Aunque no prometo nada porque para ser totalmente sincera sois a las primeras a las que me atrevo a contarles esto. ¡Sentíos afortunadas, Lovers!
Cuando iba al instituto yo era una más. Una más gorda, una más que pasaba desapercibida, una más llena de sueños y de pájaros en la cabeza, una más que se pasaba los minutos de recreo pensando en cómo serían las cosas si el mundo no me hubiese dado ese cuerpo gordito y esa cara redonda llena de pecas. Imagino que más de una se verá reflejada en eso. La cuestión fue que cuando terminé bachiller me fui a estudiar fuera, después mis padres se mudaron por trabajo y así dejé Sevilla en un principio para siempre.
De esa época recuerdo a mis dos mejores amigas, con las que perdí contacto en primero de carrera, y sobre todo nunca olvidaré a Héctor, un chaval que compartió clase conmigo desde 5º de primaria hasta 2º de bachiller. Un niño que me hacía la vida imposible, como si mi mera presencia le incordiase, me utilizaba como su muñeco de budú, hablándome mal gratuitamente, soltándome cualquier barbaridad sin venir a cuento mientras el resto de clase estaba en silencio, o simplemente mugiendo en clase para después decir que había sido yo, que ese era mi idioma. Era insoportable, cuántas veces quise responderle mandándolo a la mierda, diciéndole que esa obsesión que tenía conmigo no podía ser ni medio normal. Pero jamás lo hice, más que nada porque me veía sola, tenía un miedo terrible a que no me saliesen las palabras y quedarme ahí en medio, rodeada de toda la clase, señalada por ser una pringada con todas las letras.
De Héctor por supuesto no volví a saber nada, ni ganas que tenía. En una de las últimas mudanzas de mis padres recuperé una caja llena de fotografías de aquella época y en una de las orlas pude ver cómo me miraba de reojo, como si el hecho de que yo estuviera a su lado en la fotografía de clase le causase repugnancia. Nunca entendí qué le podía haber hecho yo para generar en él tanto odio.
Y si estoy aquí es porque resulta que hace tan solo 2 semanas me trasladaron en el trabajo, directamente a Sevilla. Regresé ahora convertida en una persona diferente. 18 años después, con un trabajo que me encanta, y una autoestima que ojalá hubiera podido alimentar durante mi etapa en el instituto.
Cuando entré en la oficina y conocí a mis nuevos compañeros ¿os lo podéis creer? Resulta que mi adjunto directo se llama Héctor. Un chico alto, mucho más guapo por cierto, que huele de maravilla y que, por increíble que parezca, no se acuerda en absoluto de mí. Lo saludé esperando que se pusiera nervioso, dando por hecho que se le viniera a la cabeza esa niña gorda a la que martirizó en el instituto, pero no. Me dio dos besos, me habló educadísimo y en seguida me dijo que tenía muchas ganas de que trabajásemos juntos.
¿Cómo puede ser que no sea capaz de recordarme? Vale que he cambiado un poco, me gusta cuidarme, me maquillo, me gusta vestir bien, aunque sigo siendo esa chica gorda repleta de pecas. ¿Cómo puede la gente hacer borrón de esa manera?

Pero la cosa no se queda aquí. Decidí no comentar a nadie de la oficina que yo ya conocía a Héctor, a él tampoco, y empezamos a trabajar como si nada. Lo cierto es que creo que hice bien ya que en la oficina las cosas van como la seda y quizás haberlo dicho habría causado algunos que otros resquemores. Héctor es encantador conmigo, hablamos mucho aunque a veces me dan ganas de decirle que no entiendo cómo alguien tan educado pudo haber sido un hijo de puta de ese nivel en el instituto. Sí, la gente madura y cambia, pero en este caso ha sido un giro muy gordo.
El sábado pasado me llega un mensaje de Héctor y me pregunta si me apetece quedar para tomar unas cervezas. Opté por rechazarlas aunque me apetecían muchísimo, más que nada por respetar a esa niña adolescente que tanto sufrió por su culpa. ¿Hice mal? No tengo ni idea. La cuestión es que después de darle una excusa creíble Héctor me volvió a escribir y me dijo que esperaba que pudiéramos vernos más tranquilos fuera del trabajo en alguna ocasión, que le apetece conocerme un poco más si a mi me parece bien. Y ahora yo no dejo de pensar en si debo darle una oportunidad o quedar con él para soltarle cada una de las barbaridades que me hizo sufrir en la adolescencia.
¿Vosotras qué haríais, Lovers? Sé que no puedo vivir para siempre con ese rencor pero si lo revivo una y otra vez fue por lo fatal que lo pasé por su culpa. La yo de hoy en día quiere quedar con él, pasar de todo y darle una oportunidad, pero mi yo del pasado se merece un poco de justicia. Por favor, decidme qué pensáis, ¿qué hago?
¡Mil besos enormes a todas!