Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
No me considero una persona creyente ni mucho menos practicante. Aunque ciertamente no las comprenda, respeto las creencias religiosas de cada uno siempre y cuando no traten de imponérmelas a mí, pero lo que nunca he sido capaz de entender es esa moda de celebrar comuniones a precios de boda. Por eso, cuando mi cuñada nos invitó a la comunión de mi sobrino, no me hizo ni pizca de gracia.
Con todo, mi chico y yo decidimos guardarnos para nosotros nuestras opiniones al respecto y le preguntamos a los padres de la criatura qué podíamos regalarle. Ellos no nos dieron ideas ni opciones, nos dijeron exactamente qué querían: una videoconsola carísima. Cuando vimos los precios nos llevamos las manos a la cabeza y les preguntamos si había otra cosa más asequible que le pudiera encajar, ya que se nos iba muy mucho del presupuesto. Por supuesto, queríamos hacerle un buen regalo, pero hacía tan solo unos pocos meses que mi chico y yo nos habíamos comprado un piso y en aquel momento estábamos hasta el cuello: hipoteca, muebles, electrodomésticos, radiadores, la reforma del baño…
En definitiva, no nos podíamos permitir un gasto como aquel que, por otro lado, considerábamos innecesario ya que el niño podía tener un buen regalo sin necesidad de que nadie se arruinara por el camino. Es importante aclarar que mis cuñados tienen un sueldo muy alto que nada tiene que ver con el nuestro y siempre le han dado al niño lo que han querido, lo cual me parece perfecto porque pueden permitírselo más que de sobra. Pero no les entraba en la cabeza que no todo el mundo puede ni tiene por qué gastarse ese dineral en su hijo. Pensábamos que nos recomendarían otro regalo más económico, pero nos dijeron que eso era lo que el niño quería, que ellos no iban a escatimar en gastos porque querían que su único hijo fuese el más feliz del mundo aquel día.
Fue entonces cuando entró en escena mi suegro, quien nos llamó para decirnos que mis cuñados estaban muy disgustados y que él mismo se ofrecía a dejarnos dinero para pagar la videoconsola. No quisimos aceptar, ya no era sólo el aspecto económico lo que nos cabreaba, sino el hecho de que por narices el niño tuviera que tener el aparatito de las narices sí o sí y a todos les pareciera bien. Finalmente, les dijimos que lo sentíamos pero que preferíamos comprar otra cosa que se ajustara más a nuestras posibilidades. No pensábamos que fuera a haber ningún problema pero ellos se molestaron y nos dijeron que no nos preocupásemos, que ya se lo regalaría un amigo de la familia, porque él sí estaba dispuesto. Aquel comentario nos hizo sentir muy mal, como si fuéramos un par de roñosos que no querían a su sobrino y un cualquiera fuese capaz de hacer más feliz al niño que nosotros.
Vaya por delante que aún así nos dejamos una pasta en nuestro regalo y aunque nada tenía que ver con la dichosa maquinita, nos quedamos mucho más tranquilos cuando vimos que al niño le encantó. Mis cuñados ni siquiera miraron nuestro regalo, el niño fue corriendo a enseñárselo y ellos murmuraron un escueto «qué bonito». Sin embargo, cuando llegó el turno de abrir la caja de la videoconsola todo fueron vítores y aplausos y el niño, como es lógico, se volvió loco de alegría. Sentimos una pena terrible por no poder haber hecho un regalo como aquel a nuestro sobrino y más aún cuando, días después, mi cuñada nos echó en cara que hubiera tenido que venir alguien de fuera de la familia a regalarle a su hijo lo que él quería estando nosotros, que éramos los únicos tíos del niño, que no veía normal que no hubiéramos hecho el esfuerzo.
Aquel comentario no me dolió tanto por mí como por mi chico, que es el tío carnal del niño. Lo cierto es que si guardé la compostura aquel día fue porque mi chico se me adelantó y le dijo a su hermana que nosotros no teníamos sueldos de ministros como el suyo, que lo realmente importante debería ser que el niño había disfrutado de aquella celebración y que además, le había gustado mucho nuestro regalo aunque ella se dedicara a menospreciarlo.
Toda esta historia no hizo más que reafirmarme en la idea de que las comuniones no son más que un negocio descarado que nada tiene que ver con el supuesto significado de la celebración en sí, un postureo que se vuelve todavía más evidente con personas como mis cuñados, que lo único que buscan es aparentar.
Anónimo.
