Hola chicas, Esto lo cuento como una forma de desahogo, pero también como un “no estáis solas” a aquellas que han vivido lo mismo que yo.
Todo empezó en noviembre, mi cuerpo se sentía raro, algo dentro de mí me decía que estaba embarazada, mi primer embarazo. Me hice la prueba y salieron dos rayitas que me hicieron sentir la felicidad y el miedo más grande que jamás había experimentado antes. Fui la mujer más feliz, le conté a toda la familia, con videito y todo.
Pero un día, así, de la nada como llegan las tragedias, me doy cuenta que estoy manchando, me asusté muchísimo y llamé a mi esposo. Ambos estábamos teletrabajando y no sabíamos si era lo suficientemente grave para ir a urgencias, así que llamé a un amigo médico y me dijo: corre para urgencias. Allí llegué con pánico, solo colocaba mis manos sobre mi vientre, como tratando de retener a mi lentejita. Se demoraron una eternidad en atenderme, mientras a cada momento sentía que salía más y más sangre. Estaba sola, mi esposo esperaba afuera por temas de la covid. Mientras esperaba no podía pensar, si lo hacía, me quebraría y pensaba que no era el momento, así que traía a mi mente mil pensamientos, mientras inútilmente ahuyentaba el miedo.
Finalmente me atendieron, era una amenaza de aborto, pero no podían saber a ciencia cierta qué pasaba con el bebé hasta que me hicieran la ecografía, que solo me hicieron hasta el día después. En la eco sí pudo estar mi esposo, solo recuerdo que seguía sangrando mucho y el médico me dijo: “las cosas no están nada bien, vete de nuevo a urgencias”, así que volví, cada vez con menos esperanzas de que mi bebé siguiera conmigo. Estuve allí, en una sala, rodeada de mujeres embarazadas y bebés recién nacidos mientras sentía cómo cada vez más se hacía realidad mi mayor miedo.

Estuve esperando el resultado de un último examen que por fin me diría si había esperanza o no. A las 8pm me llamó el médico, me dijo que ya el bebé no estaba y ese fue el peor momento de mi vida. Siento que todo se paralizó, que la fuerza se me iba. Empezó a explicarme qué seguía, qué cuidados debía tener y otras cosas que realmente no escuché o que francamente no me importaban. Ya mi bebé amado no estaba, qué más da lo demás, pensé en ese momento.
El camino a mi casa fue eterno, mi esposo, solo tomaba mi mano, no habían palabras. En casa me esperaban mis padres. Solo pasé el umbral de la puerta y lloré con la amargura que nunca sentí antes. Llegué a casa con el vientre vacío y con un corazón que no deja de extrañar a alguien que ni siquiera existió. Hoy, han pasado dos meses y aunque siento que mi duelo ha sido saludable, he tenido un bajón que me transportó a lo mismo que sentí el primer día.
Gracias por leerme