Buenos días a todas,
Ayer, día de Navidad, me vino la regla después de una FIV.
Soy una chica joven, 33 años, hace 2 años que mi pareja y yo estamos buscando un embarazo y cuando llevábamos menos de un año intentándolo supe que había algo que no estaba bien. Para resumir, el ginecólogo mee detectó pocos folículos y a mi pareja baja calidad espermática. Solo había posibilidad de FIV y en una privada, ya que en la seguridad social hay más de dos años de lista de espera, y con la cantidad de folículos con los que partía no podía esperar tanto si quería que fuera bien.
Una FIV es una movida terrible chicas. Visitas constantes de control, hormonas (que por suerte a mi no me afectaron anímicamente ni físicamente), y incertidumbre, mucha incertidumbre: cuantos óvulo sacarán, cuantos aguantarán a día 3, cuantos a día 5, cuantos llegarán a blastocito…
En mi caso, sacan 10 folículos pero solo 8 maduros, a día 3 solo quedan 4 y me transfieren el de mejor calidad (lo meten en el útero), a día 5 no queda ninguno de lo que había fuera y del que llevaba dentro no tenía información. Y me viene la regla.

Antes de que me animéis a volverla a intentar, la FIV, deciros que he pasado por tantos altibajos emocionales este ultimo mes, que no estoy segura de querer volverlos a pasar. Además, no me sobran 8000€.
Durante toda mi infancia/juventud quise ser madre. En la edad adulta barajé la posibilidad no tener descendencia, pero cuando me dijeron que no podría tener hijos no pude pensar en otra cosa.
Ayer, al bajarme la regla, se me derrumbó el mundo.
No tendré hijos, no estaré embarazada, no daré de mamar, no lo acompañaré al cole, mi marido no le enseñará a tocar el piano, ni lo llevaremos al cine, no le podré enseñar a cuidar las plantas, no montaré el árbol de navidad con él ni le reñiré cuando haga una trastada, no me reiré con sus tonterías ni me asombraré de sus avances. No tendré hijos, mi marido no será padre, mis padres no serán abuelos, mi hermano no será tío y yo nunca seré madre.
Lloro mientras escribo y me duele el pecho. Incluso sabiendo que la maternidad no es mi objetivo principal en la vida, hay mucho más, muchos caminos, mucho que vivir. Pero aun así duele no poder hacer aquello tan normal para otras personas, algo que debería ser como el respirar, algo que mi cuero está biológicamente preparado para hacer.
No es lo mismo no querer que no poder.
Por suerte tengo una pareja que me acompaña, me quiere y llora conmigo. Nos queda asumirlo, respirar, darnos tiempo y replantearnos algunas cosas.
Y a todas las mamás que nunca llegaron a ser, a todas las que su bebé solo existió en su imaginación, aquellas que tienen pensados sus nombres y se imaginan sus caritas, a todas vosotras, un fuerte abrazo, os quiero y os acompaño.
No estáis solas.