reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Mi amiga, a la que llamaremos Nadia, siempre fue la guapa indiscutible de nuestra pandilla. Es de esa clase de chicas que, vaya donde vaya y sin proponérselo, acapara toda la atención -masculina y femenina- a su paso. La tía tiene un cuerpazo alucinante y una melena de infarto, amén de una preciosa carita de muñeca que les vuelve a todos locos. Sin embargo, toda esa belleza innegable queda empañada por un «pequeño detalle»: nuestra amiga huele muy malamente.
Lo que más nos llama la atención es que Nadia es la tía más coqueta del mundo y le gusta verse bien, pero cada vez que nos da un achuchón o levanta los brazos, nos llega un maravilloso olor a sudor rancio imposible de ignorar. Al principio pensábamos que podía ser el calor del verano, que su desodorante no era el mejor del mercado o vete tú a saber qué, pero con el paso del tiempo nos dimos cuenta de que aquella peste la acompañaba en cualquier época del año. Algunas veces sólo era un leve olor, algo tolerable, pero en cambio otras, era difícil no arrugar la nariz en su presencia.
A pesar de que era algo que hablábamos de forma recurrente entre nosotras cuando ella no estaba, nunca nos atrevimos a decirle nada al respecto. No encontramos la manera de hacerlo sin herir sus sentimientos, porque aunque la chica era un poco guarri, era nuestra amiga y sobre todo, era una persona estupenda. Sí es cierto que intentamos hacérselo saber de forma sutil: le regalábamos perfumes, hablábamos de la vergüenza que nos daba cuando no nos habíamos duchado y nos dábamos cuenta de que olíamos un poquito a choto, nos perfumábamos en su presencia…
Pero supongo que nuestra amiga no captó las indirectas y esto, sumado al hecho de que tampoco nadie tuvo el valor de preguntarle si su olor corporal respondía a algún tipo de problema de salud, hizo que todas cerrásemos el pico por miedo a meter la pata. Finalmente, nos terminamos acostumbrando, más o menos, al tufo sobaquil de nuestra amiga, que iba por la vida ajena a todo ello. La verdad es que llegamos a pensar que quizá era cosa nuestra o que nuestros olfatos estaban demasiado desarrollados, porque la tía seguía ligando como si nada, como si sus sobacos olieran a lavanda. ¿Seríamos unas exageradas o es que a los tíos les daba igual con tal de llevarse a la cama a semejante monumento?
No tuvimos que esperar mucho para obtener respuesta. Un día estando de fiesta, conocimos a un grupito de chicos y al final de la noche, Nadia y uno de ellos terminaron enrollados. Todas nosotras, incluida ella misma, pensamos que aquello sería un simple rollo de una noche, pero a los pocos días, volvieron a quedar. Nuestra amiga hablaba maravillas del chaval y se veía de lejos que estaba súper ilusionada con aquella historia, hasta que un día, después de verse, vino llorando. Lo primero que pensamos es que había otra chica, que el tío la había tratado mal o algo por el estilo, pero nada de eso. Resulta que, por primera vez, alguien le había dicho a nuestra amiga que debía darse una ducha.
Nos contó, echa un mar de lágrimas, que el chico le había confesado que le gustaba mucho y que se moría por hacerlo con ella, pero que lo había estado postergando porque le daba un poco de asco. Por lo visto, el chaval le dio un ultimátum: si quería acostarse con él, se tenía que duchar. Llevábamos muchísimo tiempo deseando decirle a nuestra amiga que algunas veces olía que tiraba para atrás y nunca nos habíamos atrevido. Con todo, tampoco nos parecía del todo bien que alguien se lo dijera de aquella manera tan brusca hasta hacerla llorar, pero no podíamos mentir y decir que aquel chico era un mentiroso.
Al final, tuvimos que hacer de tripas corazón y admitir que, en ocasiones, su olor corporal era un poco fuerte pero que no queríamos que se lo tomara a mal. Sorprendentemente, aquella noticia le pilló totalmente desprevenida, no se lo esperaba. Cuando se tranquilizó, decidió mandar a aquel chico a la mierda, aunque desde entonces cuida mucho más de su higiene, sobre todo antes de quedar con un tío.
La experiencia me ha dejado reflexionando mucho sobre la línea que separa la discreción de la complicidad. Por un lado, nos sentimos terribles porque tuvo que ser un extraño quien se lo dijera de esa forma tan brutal, pero por otro quizás fue el bofetón de realidad que ella necesitaba para cambiar. Me gustaría saber sus opiniones: ¿Creen que los amigos tienen la obligación de decir estas verdades incómodas, o es mejor callar para no herir?
