No soy de escribir, pero desde que estoy contigo me he aventurado en mil cosas de las que no me veía capaz.
Yo vivía en mi mundo, feliz y sin esperarte. Apareciste por casualidad en dos ocasiones que yo quise ignorar pero me fue imposible, había algo que me empujaba a ti. Comenzó con mi aburrimiento un día cualquiera camino a la universidad, comenzamos a hablar y ya no pudimos parar.
Quedamos un día que no fue el más bonito de nuestra vida, me comporté como una idiota pero había una conexión que no pudimos evitar sentirla. Me dejaste en casa y según te fuiste te escribí porque sabía que eso no podía quedar ahí.
El día del concierto iba sabiendo a cuenta gotas de ti, me escondías cosas que más tarde se convertirían en aquello que más admiro de ti: tu perseverancia, profesionalidad y tu cabezonería. Y ahí llegó el beso, a las seis de la mañana justo cuando cerraban el local. No queríamos separar los labios pero tuvimos que volver cada una a casa, eso sí, con una sonrisa que me enmarcaba toda la cara.
Ese día todo cambió, luchábamos porque fuera una historia más, que tarde o temprano olvidaríamos pero yo ya no era capaz.
Nuestro comienzo no fue de un cuento de hadas pero era real, veíamos lo bonito en cosas totalmente corrientes porque al estar juntas nos envolvían nuestras mariposas.
Tú me has enseñado a amar cuando yo menos lo pretendía.
Ya no hay vuelta atrás, me quedo contigo. Por tus mapas, tus patatas fritas, tu manera de vivir la vida, de pensarme, de tocarme…
Nosotras siempre sumamos, porque como siempre te he dicho, te quiero mucho, bonito y bien. Siempre has sido, eres y serás TÚ.
Vuela alto, que yo me iré contigo.
¡Felices 3 años bichito! Y por todos los que vendrán.