Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
La verdad es que hasta ahora no la había juzgado y trataba de entenderla. Nunca trabajó fuera de casa y supongo que tener la casa perfecta era parte de lo que ella consideraba sus obligaciones.
Suponía que entendía que los tiempos han cambiado. Sus hijas y yo trabajamos fuera de casa y las tareas del hogar son una obligación para los dos miembros de la pareja. Además, cuando hay niños por medio, mantener la limpieza y el orden se vuelve complicado y pensé que ella lo entendería teniendo siete nietos ya.
Un día la invitamos a casa y fuimos a por ella en coche. De camino empezamos a hablar de sus hijas, de cómo estaban y demás. Entonces soltó que a la casa de una de sus hijas no quiere ir porque está todo sucio, desordenado y con muchos juguetes por medio. Yo he estado muchas veces en esa casa y nada me ha parecido tan dramático, una cosa normal con dos padres trabajando y niños pequeños.
Entonces me di cuenta de que justo iba a entrar a nuestra casa, que siempre limpiamos los sábados pero no habíamos podido y lo habíamos dejado para el día siguiente. Si no es perfecta normalmente, menos si es justo el día antes de limpiar. Así que con una sonrisa, se lo dije, ya excusándome antes de que subiera, para que estuviera preparada y evitar comentarios.
Pero su respuesta me dejó loca. Me dijo que de mi casa no diría nada malo nunca. Le respondí que lo decía de la casa de su hija y su marido. Y que nuestra casa era de su hijo y mía. Que es la misma situación.
Pues sin dudar, me dijo que la limpieza de la casa dependía de la mujer de la casa.
Abrí los ojos como platos, mantuve la respiración y por suerte contestó mi marido, diciéndole que eso era una tontería, que la limpieza es cosa de los dos.
La mujer ni le respondió, me miró de nuevo a mí y me repitió que de mi casa nunca hablaría mal.