Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
PERDER UN AVIÓN A NUEVA YORK: VACACIONES A LA PORRA
Eran las primeras vacaciones serias que nos íbamos a pegar mi pareja y yo desde que estábamos juntos. Unas vacaciones por todo lo alto. Habíamos estado ahorrando un montón para ello y pensábamos disfrutarlas a tope. ¿Destino? Nueva York. La ciudad que nunca duerme. Y la cuna de los musicales. Si, somos frikis de los musicales y queríamos ver dos o tres, según diese de sí nuestro presupuesto. Y además era genial porque teníamos allí a una pareja de amigos, que se habían ido a vivir mientras ella se sacaba el doctorado. Así que la parte del hospedaje la teníamos cubierta y gratis.
Cogimos con tiempo los billetes, para que nos saliesen lo más baratos posibles y compramos entradas para un musical que nos apetecía ver, la noche del primer día que estuviésemos allí.
Mi pareja no se tenía que sacar pasaporte, porque aún lo tenía vigente de cuando lo necesitó por primera vez, en un viaje con amigas. Pero yo no había salido nunca del país y me lo hice para la ocasión. Después de tener los pasaportes, nos teníamos que sacar la ESTA, la autorización electrónica obligatoria para poder viajar a Estados Unidos por turismo sin necesidad de tener visado. Realizando este trámite, descubrimos que el pasaporte de mi pareja tenía once dígitos y el mío, doce. Pero en la casilla del formulario de la ESTA donde había que poner el número de pasaporte, había doce espacios. Yo le dije que pusiese un cero delante, pero ella opinó que había que poner justo lo mismo que ponía el pasaporte. Así que escribió su número y sobró la casilla del final.
Llega el día del viaje y nerviosos perdidos y súper emocionados vamos al aeropuerto. Cuando vamos a hacer el checking, nos dicen que la ESTA y el pasaporte de mi pareja no coinciden, porque la máquina interpretaba que el pasaporte, al ser un dígito menos, tenía un cero delante, y su ESTA, al tener un espacio al final, tenía el cero detrás. Conclusión: eran documentos de dos personas diferentes, así que mi pareja no podía viajar.
Primero creí que era una broma, pero al ver que el chico del mostrador estaba muy serio, se lo intenté explicar. Lo siento, son dos números diferentes, son dos personas diferentes, no puede viajar. Pero a ver, ¿que no ves que es el mismo número, pero que el cero en uno está delante y en el otro está detrás? Pues eso, son dos números diferentes, son dos personas diferentes y no puede viajar. Vamos a ver, quedan diez minutos para que cierre el embarque. Qué podemos hacer. Pues hacer una nueva ESTA en la que coincida el número con el del pasaporte. ¿Eso se puede hacer? Sí, claro, en el piso de abajo hay una oficina en la que lo pueden hacer. ¿Nos da tiempo? Claro, aún quedan diez minutos.
Pues nada, un poco mosqueados, nos lanzamos a la carrera, cargando con las maletas hasta el piso de abajo. Conseguimos que una señora muy amable nos dejase pasar cuando le explicamos la situación. Hicimos la nueva ESTA para mi pareja y volvimos corriendo, cargados como mulas, al mostrador del checking.
Pero, oh, sorpresa, el embarque ya había cerrado y estaba el chico saliendo con su compañero, supongo que para ir a tomarse algo.
Oye, oye tú, que ya tenemos la ESTA arreglada. Lo siento, pero el embarque ya ha cerrado. No pueden subir a bordo. Pero si has dicho que nos daba tiempo. Han tardado demasiado. ¿Y ahora qué? Tendrán que esperar a que salga otro vuelo. ¿Pero cómo otro vuelo? Sí, compren otro billete y todo arreglado. ¿Pero tú sabes lo que cuestan dos billetes a Nueva York?
El chico seguía caminando sin pararse, sin mirarme, y yo cada vez me encendía más. Suelto las maletas y empiezo a gritarle. Mira, vamos fuera a ostiarnos, porque me has jodido las vacaciones por fiarme de ti y esto no lo voy a dejar así. (He de reconocer que su manera de encajar mis gritos y amenazas, como si no le importase, era digna de admirar. La cantidad de energúmenos con las que tendrá que vérselas a diario debe ser espeluznante.)
No soy una persona violenta pero lo absurdo de la situación me sobrepasó y los nervios me jugaron una mala pasada.
¿Creéis que se inmutó? Para nada, siguió andando y yo quería matarlo. A mis gritos, se había empezado a acercar una pareja de policías nacionales. Para mi vergüenza, la furia me cegaba y a mí ya todo me daba igual. Sólo quería reventarle la cara. Pero mi pareja consiguió contenerme, convencerme de que no valía la pena. Y que era mejor que nos fuésemos a casa a buscar billetes para el día siguiente, lo más baratos posibles.
Nuestros padres se apiadaron de nosotros y nos prestaron dinero para comprarnos otros billetes para el día siguiente. Habíamos perdido más de un día de vacaciones y las entradas para el primer musical. Y mis nervios se fueron a la porra. Encima, cuando llamamos a nuestros amigos en Nueva York, no nos creían que llegaríamos en otro avión, creían que era una broma, cosa que a mí me cabreaba más. Hasta que nos creyeron.
Al día siguiente, cuando fuimos a coger el avión, no estaba el chico que nos atendió el día antes, pero sí su compañero. Respiré y conseguí no hacer ningún comentario al respecto. Una vez ya embarcados, y con el avión rodando por la pista, reflexioné.
Uno, la violencia nunca es la solución. Nunca. Dos, lo que tiene que aguantar la gente que está cara al público. No estará suficientemente bien pagado. Tres, no puedes culpar de tus errores a los demás, tienes que responsabilizarte de ellos como persona adulta de bien. Y, cuatro, y más importante, asegúrate, mil veces si hace falta, de que has hecho tus trámites bien. Por lo que pueda pasar.
Ah, las vacaciones al final estuvieron genial, una vez conseguí dejar a un lado mi mala leche. Un poco más cortas de lo planeado, con un musical menos y con menos dinero en la cuenta, pero genial.
