Me resulta particularmente intrigante, por no decir desconcertante, observar la ligereza con la que hoy día se abordan ciertas conexiones humanas. Hablo, claro está, de las interacciones íntimas, esas que la sociedad moderna parece haber relegado a la categoría de un pasatiempo efímero, un mero desahogo biológico. Uno se pasea por el paisaje digital y real y no hace más que toparse con una suerte de «fast-food» emocional y física que, francamente, no comprendo en absoluto.
Las llamadas «aventuras de una noche» o el intercambio de cuerpos sin alma, por muy comunes que se hayan vuelto, carecen para mí de todo atractivo. No se trata de una cuestión moralista, que quede claro. Cada individuo es soberano de sus decisiones y sus placeres. Faltaría más que uno se erigiera en juez de las costumbres ajenas. Pero, y aquí reside el matiz; no todas las formas de interacción generan el mismo tipo de respeto o conexión duradera.
Para una mente como la mía, donde la atracción sexual es el resultado, y no el punto de partida, de un vínculo emocional profundo, la idea de compartir algo tan inherentemente vulnerable como la intimidad física con un perfecto desconocido, o con alguien a quien solo se conoce superficialmente, es simplemente… ajena. Por muy atractiva que sea una persona, si no hay una conexión real, una comprensión mutua, un tejido de confianza, el acto en sí mismo pierde todo su sentido, toda su validez. Se convierte en un ejercicio estéril.
Y es por eso que me genera cierta afinidad ver a una mujer que no ha coleccionado un sinfín de experiencias superficiales. No, repito, porque crea que sea «más pura» o que deba adherirse a viejos cánones absurdos. Eso sería una sandez. La valoro, y esto es clave, porque intuyo en ella un eco de mi propia manera de entender la vida: una persona que, al igual que yo, no banaliza lo íntimo. Una mujer que, como yo, entiende que el amor —y con él, el sexo— no es una moneda de cambio o un gesto sin trascendencia, sino algo precioso, que se comparte cuando la profundidad del vínculo lo justifica.
Porque seamos sinceros, la superficialidad es una vía de doble sentido. Cuando uno se entrega sin miramientos al consumo rápido de relaciones, sea hombre o mujer, está estableciendo un patrón. Y no es que sea «malo», pero luego uno no puede quejarse de que no le tomen en serio. Si el contacto es puramente físico y carece de ese substrato emocional, ¿por qué habría de esperarse un compromiso o una consideración profunda? Sería, a todas luces, una ingenuidad supina.
Personalmente, y esto es una convicción inamovible; jamás tomaría en serio a alguien que utiliza plataformas como Tinder para forjar lazos. La propia premisa me resulta incompatible con la búsqueda de esa profundidad y esa conexión que, para mí, son esenciales. Uno no construye catedrales con ladrillos de usar y tirar. Y la intimidad, para quienes la valoramos de verdad, es precisamente eso: una catedral.