Si volviera a nacer, sería menos gilipollas. Siempre he sido muy de seguir las normas: no he llegado tarde, he sacado buenas notas… He hecho siempre lo que se esperaba de mí.
Pero claro, también me ha costado mucho decir “no”, porque me educaron en el “sí” y lo contrario era una falta de educación. ¡Menuda imbecilidad!
Cuando tuve mi primer novio me adelanté al sexo porque él quería hacerlo ya. La experiencia fue desastrosa, pero pasó. El sexo entre adolescentes puede ser una mierda: y lo era. Él no tenía ni idea y yo tampoco. Se corría y allí me quedaba yo, esperando a que el orgasmo llegara por obra y gracia del Espirítu Santo. Como no llegaba y me sentía una pardilla, empecé a fingir. Él estaba tan contento con su metesaca y su magreo de tetas, yo gemía un poco, hacía que me corría y retomaba mi vida. Para compensar, me masturbaba en mi casa y cubría las carencias.
Lo dejamos a los pocos meses y empezó mi andanza sexual. Aprendí a correrme de verdad, sin fingir, sin metesacas interminables, con todo lo que me podía imaginar. Disfrutaba, disfrutaba mucho. Y sentía esa libertad de quien descubre su sexualidad y la exprime.
Entre rollo y rollo, empecé a salir con mi novio. Todo iba bien y éramos una bomba juntos. Echábamos polvos a todas horas y en cualquier sitio. Siempre con protección. Cuando pasaron unos meses juntos, me “sugirió” tomar la píldora para así poder disfrutar “los dos” más. Le dije que no quería hormonarme y que, hasta que fuera algo más serio, no me planteaba ningún método anticonceptivo de ese tipo. Aceptó a regañadientes.
¡Hay que joderse! Las tías somos siempre las que tenemos que meternos mierdad para disfrutar todos. Y, esa gran mentira, nos lleva muchas veces a una seri de contraindicaciones que no queremos pero aceptamos para no quedarnos embarazadas.
Una de las veces que estábamos en pleno calentón, empezó el jugueteo de “la meto un poquito”. “¡Venga, ponte el condón que no puedo más!”. “Sólo un poquito más, no me cortes el rollo”. ¡Mentira! Sí se corrió.
Al mes empecé a sentirme un poco rara y no me vino la regla. Como sólo había pasado una vez, lo achaqué a mis irregularidades. No íbamos a haber “pringado” por una vez. Pero, a los dos meses, siguió sin bajarme la regla y me hice un test de embarazo. Positivo. Positivo en gilipollas y en embarazo, en las dos.
Se lo dije a mi novio. Shock total. “Bueno… pues abortas”. Así, como el que decide entre comprar los tomates cherries o los pera. “No soy capaz de abortar”. “Bueno, mujer, piénsalo. Somos muy jóvenes y nos queda mucho por vivir”. “Que no, que soy incapaz. Tengo 28 años, trabajo y no voy a poder cargar con un aborto”. “¿Pero tú no eras pro-aborto?”. “Sí, que cada una decida. Sigo siéndolo. Pero yo elijo no abortar.”
Seguimos juntos, con nuestros más y nuestros menos (más menos que más). Pero ahora el que se tiene que cortar de muchas cosas es él… Supongo que no me falta mucho para volver a contaros que lo hemos dejado.
