Resulta descabellado preguntarse qué va mal cuando “todo está bien”, pero hay algo dentro de nosotros que nos dice lo contrario y no nos deja vivir en paz.
Tengo más que otros muchos, que con menos se sienten más plenos. He padecido menos que la mayoría y mi vida es tan ordinaria como la de otro cualquiera. Gozo de buena salud, llevo buena relación con mi familia, tengo un trabajo decente, he viajado a donde he querido, casi todas las decisiones de mi vida, las he tomado yo. Estoy donde he decidido estar, estudio con la ilusión de ser lo suficientemente valiente para confiar en mí y en mis aptitudes.
Me siento llegar lejos, me siento destacar, me siento capaz de mucho en potencia y espero mucho de mí. Pero a veces no sé quién soy ni a donde estoy yendo.
La peor sensación del mundo es la de encontrarse perdido en el ancho mar de la vida. Y entonces uno se deja llevar, y naufraga de orilla a orilla, confiado de que un día de esos lo encontrará su destino.
Me siento como aquel que conduce rápido, sabiendo a donde va, pero entonces olvida cuál camino debía tomar, vacila un segundo y se estrella.
Está bien, no estar bien. Está bien sentirse triste, está bien llorar, está bien querer estar a solas. Todo está bien.
Hay quienes desarrollamos más la sensibilidad interior y nos afecta todo lo que pasa a nuestro alrededor. Es normal no estar bien, incluso cuando se supone que tenemos que estarlo.
A veces no sabes qué es lo que provoca esa sensación de tristeza ni como acallarla. A veces sólo duermes y duermes y esperas a que se vaya. Tu alma sufre y no sabes por qué.
Y así pasan días y días. Acabas siendo el propietario de una vida mediocre. Y cuanto más lo piensas, más te das cuenta que no es justo el uso que le estas dando e intentas solucionarlo. Buscas una motivación, un parche. Que dura dos semanas y si tienes suerte hasta un mes. Entonces volvemos a recaer en el abismo, y la culpa es mayor. Nos cuesta levantar cabeza e intentamos llenar ese vacío con vicios.
Conducidos a un estado de embriaguez cada vez más asiduo, lo cierto es que en medio de ese falso estado de felicidad, obtenemos las ideas más reveladoras y dejamos de compadecernos a nosotros mismos. Tomamos las riendas. De repente tenemos prisa por ir en busca de nuestros sueños y se nos ocurren mil y una maneras de empezar, pero es tarde y tienes sueño, cierras los ojos y aguardas con gran emoción a que llegue mañana para empezar.

Entonces suena la alarma y aquellas ganas de comerte el mundo ya no aparecen por ningún lado, tus deseos de desaparecer son aún mayores y te sientes miserable por volver a decepcionarte una vez más.
Sabes que todo está en ti y todo lo que sueñas está aguardándote. Porque nacemos con un sitio y un papel a desempeñar para y por este mundo. Nadie está desamparado, pues tiene a su disposición todas las herramientas necesarias para cumplir su propósito. El día que dejes de boicotearte encontrarás tu lugar, y es ahí donde tendrás que demostrar tu pericia, pues comenzar está genial, pero la ardua tarea viene después, y la constancia y perseverancia serán las claves para alcanzar la idoneidad que tanto anhelas.