No recuerdo cuándo fue la última vez que me vi en el espejo y me gustó lo que vi, no puedo pensar en un día en el que quisiera tomarme una selfie porque al terminar de arreglarme me pasara por la cabeza lo bien que me veo y querer guardar el momento. No, no puedo, sólo puedo tener presente los momentos en los que odié mi papada o el hecho de que mi vientre se ve mucho más abultado que el año pasado. No dejo de reprocharme porque me permití recuperar los kilos que con tanto trabajo y esfuerzo había perdido… Siento vergüenza de que me vean, me duele ponerme ropa y que me ajuste más o ver mi cara redonda cuando me toman una foto desprevenida. Me siento mal por estar gorda, por no pesar 10 kilos menos, por no haber heredado los genes que mi hermana sí presume. Me duele, me duele que me digan que estoy más gorda que mi madre o que por qué no me cuido más, a pesar de que todo el día pienso cuántos gramos de azúcar puedo consumir o cuántas calorías me quedan para no comer de más…
Quiero sonreír otra vez, quiero sentir menos dolor cuando paso enfrente de mi reflejo en un espejo o en un aparador, quiero ponerme cualquier ropa y sentir que me veo bella a pesar de la lonja que me marca el sujetador, quiero vivir sin miedo de que mi papada se asome en la foto de mi graduación. Quiero amarme con 10 kilos más o con 20 menos, quiero sentir que no importa lo que digan los demás, sólo lo que siento cuando estoy conmigo misma, sin que nadie me pueda mirar.