Hoy ha salido el sol. Hace un día bonito, la verdad. No sé exactamente cuántos días llevamos de cuarentena, pero lo que si sé es que estar tantas horas conmigo misma me abruma.
Y no es solo el hecho de que mi cabeza no pare de pensar, sino el hecho de que durante la cuarentena una tiene más tiempo para mirarse al espejo.
Siempre, casi todos los días, me pregunto: ¿Cómo soy realmente por fuera? Digo realmente porque esta claro que la visión sobre nosotros mismos está distorsionada, pero la pregunta en realidad esconde otra un poco más chunga: ¿Cómo me ve la gente desde fuera? O, ¿soy guapa? ¿la gente me ve guapa o soy un cardo?
Preguntas como esa me acechan cada día y bueno, no es plan preguntar a la gente si eres guapa así sin más. De hecho, soy consciente de que no debería importarme lo que piensen los demás sobre mi aspecto pero joder, ¿y si me importa? ¿qué pasa si necesito la palmadita en la espalda para poder seguir adelante con otras cosas?
Desde niña siempre he querido ser una chica guapa y delgada. Mona. Pequeñita. Delicada. Ajustarme al canon que se impuso en los 2000,básicamente.
Toda mi vida se ha basado en perseguir ese canon, esa perfección. Y con el tiempo me voy dando cuenta de que cuanto más me acerco a ese canon, más me alejo de mí misma. Y nunca es suficiente. Nunca es suficiente.
Pero sinceramente, es duro. Es duro ver como todas tus amigas son monisimas, y ligan y tienen novios y tú siempre te quedas la última de la fila. No eres una opción. Nunca has sido una opción porque eres fea y gorda. Y esa es la etiqueta que una arrastra desde pequeña. Una loza que muchas llevamos cargando desde que tenemos memoria. Crecemos, vamos madurando pero esas dos palabras siguen resonando y marcando tu vida. Es como una marca hecha con fuego, no se va a quitar. Eso no se quita.

A día de hoy soy una chica de 20 años bastante normativa, supongo que llevar una 38 es normativo y hasta repelente. He cambiado mucho, lo sé. Ya no soy esa niña gorda y fea, al menos por fuera. Por dentro lo sigo siendo. Y más que nunca. Gasto la mayor parte de mi dinero y de mi tiempo en mejorar mi aspecto físico, en acercarme a ese canon que por definición ya es imposible de alcanzar.
¿Puedo contar un secreto? Cuando era adolescente pensaba que las chicas delgadas de mi edad simplemente tenían los típicos problemas de adolescente, pero claro, yo no. Yo tenía los problemas de adolescente típica y uno más: ser gorda. Pensaba que la vida era más fácil para aquellas chicas que no tenían que preocuparse por qué comían o por cómo les quedaba la falda tal de Stradivarius o el top minúsculo del Bershka que yo, obviamente, no podía llevar. Incluso a día de hoy, miro a algunas de mis amigas y lo pienso.
Pero, ¿sabéis cual es la verdad? Que sigo siendo una joven con los dos problemas. Los problemas típicos de la veintena y uno más: sentirme gorda.
Porque ser gorda no es solo ser, también es sentir. Y me siento muy hipócrita porque admiro a muchas mujeres gordas, me interesa muchísimo el movimiento bodypositive y me encanta ver a las mujeres superándose, consiguiendo metas, siendo lo que quieren ser y pasándose las opiniones por ahí.
Y a mi me encantaría ser ese tipo de mujer, que acepta su cuerpo, se cuida y se quiere. Pero por cosas de la vida, servidora no es así.