Una mañana de mayo me preparaba para ir a mi primer día de trabajo, estaba nerviosa pero segura de que todo iba a ir bien. Cuando llegué a la oficina me presentaron a la que sería mi supervisora, era más o menos de mi edad y me impresionó lo guapa, simpática y atractiva que era.
Con el paso de los días, lo que eran nervios de novata pasó a ser atracción por ella, en algunas ocasiones cruzabamos las miradas y nos sonreíamos, coincidíamos por casualidad en la máquina de café y siempre me preguntaba cosas sobre mi vida y se empezó a interesar por mi, cada vez era más cercana y yo sólo pensaba día tras día en besarla, pero me limitaba a lo que era, «mi jefa».
Al cabo de unas semanas empezamos a tener más confianza y ella empezó a mostrarse más interesada en mi trabajo. Un viernes me pidió que me quedara para hacer unas horas extras; y al par de horas estaba tan absorbida por el trabajo que no me di cuenta que estabamos las dos solas, ella en su oficina con las paredes de cristal y yo rodeada de las mesas vacías de mis compañeros.
Después de terminar con mi trabajo me llamó a su oficina y mientras me enseñaba unos papeles, nuestras manos se rozaron, ella me acarició y sentí un hormigueo en el estómago que me dejó paralizada.
-¿Todo bien?- preguntó cogiendo mi mano.
Yo me limité a asentir con la cabeza (aunque por ella solo pasaba la idea de lanzarme a besarla) y con su otra mano, mientras me acariciaba la mejilla me besó en los labios, pero me separé de ella, no me lo esperaba y no sabía que hacer.
-Lo siento, no debí hacer eso.- dijo desconcertada mientras se alejaba y recogía los papeles.
Yo estaba muy nerviosa, habían pasado muchos meses de la últimas vez que estuve con alguien y no sabía como actuar. Así que me dejé llevar y le cogí de la mano de vuelta y me acerqué a besarla de nuevo, fue el beso más apasionante que había tenido, las piernas me flaqueaban por los nervios y a los minutos nuestra respiración se empezaba a entrecortar de la pasión que había entre las dos. No sé cuánto tiempo nos besamos pero sus manos me sujetaban con tal firmeza por la cintura que yo no podía y tampoco quería separarme de ella.

Empecé a besarle el cuello y mientras le desabrochaba la camisa repartí más besos por su cuerpo. De repente me separó de ella y empezó a acariciarme las piernas mientras subía mi vestido, sus manos por mi cuerpo se antojaban cada vez más caprichosas, cada vez había más pasión en el ambiente y yo con cada beso quería más de ella.
Sus manos, con cada caricia, se acercaban cada vez más a mi sexo, me bajó las bragas y comenzó a tocarme con tal delicadeza que le dice -«dame más, por favor»- me introdujo sus dedos y yo me deshice en su mano, solo quería más con cada gemido que se me escapaba. Por un momento pensé que me iba al suelo, las piernas ya no me aguantaban y ella debió de notarlo porque me sentó sobre su mesa y me dijo en el oído -«abre las piernas»- se puso de rodillas y empezó a pasarme su lengua por mi clitoris, no aguantaba más y el orgasmo me acariciaba cada vez más por todo el cuerpo.
Yo entre cada suspiro de pasión y el hormigueo que me recorría el cuerpo solo pude decirle -«hazme lo que quieras, soy tuya»- me entregué a su boca y a los minutos un orgasmo me hizo temblar sobre la mesa.
Se puso de pie y me empezó a besar, sabía a mí y eso me encantaba. Nos tumbamos en la alfombra y le besé cada centímetro de su cuerpo mientras la desvestía. Acerqué mi mano a su sexo y de lo húmeda que estaba sentía que corría de nuevo de placer, le acaricié el clitoris y curvó su espalda, me pedía más y se lo dí, quería que disfrutara. Introduje mis dedos dentro de ella a la vez que con mi lengua jugaba con su clitoris y un gemido de placer se le escapó de sus labios, me sujetó del pelo y me dijo -«no pares»- intentaba reprimir sus gemidos pero no pudo evitarlo cuando tuvo un orgasmo y se deshizo en mi boca. Me acercó a su boca, se puso encima de mi y me sujetó las manos sobre mi cabeza.
– Quiero seguir contigo toda la noche.- me dijo mientras besaba mis pechos.- Vamos a mi casa, vivo cerca.
Nos vestimos como pudimos entre besos y acaricias, y nos fuimos a su casa. La noche nunca acabó y cada rincón de su casa fue testigo de lo que hicimos todo el fin de semana.