Conocí a Laura cuando teníamos seis años, desde primero de primaria. Hicimos la primera comunión juntas, cantábamos en el coro y pasábamos las tardes de verano hablando de chicos y de sueños. Si alguien me hubiera dicho entonces que su vida daría un giro tan inesperado, juro por Dios que diría que es mentira.
En la universidad decidió estudiar Ciencias Políticas, para sorpresa de nadie. Siempre fue curiosa, inquieta y sobre todo, reivindicativa. El primer año seguía siendo la misma de siempre: salíamos de fiesta, perreábamos hasta el suelo, se reía escandalosamente y brindaba entre cañas y cubatas. Tenía una melena rizada, castaña, larguísima, que parecía sacada de un anuncio, era su prioridad, la tenía cuidadísima y todos la envidiaban. Era (y continúa siendo) una tía preciosa.
Fue en segundo cuando conoció a Samir, un estudiante musulmán que estaba de intercambio. Al principio solo me hablaba de debates políticos, de conversaciones sobre historia, religión y conflictos internacionales. Decía que él le hacía preguntas que nadie antes le había hecho. Poco a poco, aquellos debates dejaron de ser académicos.
Los cambios no llegaron de golpe. Primero dejó de beber alcohol. “No me aporta nada”. Después dejó de fumar “tía es malo para la salud”. Empezó a interesarse por el islam, a leer, a comparar con lo que había aprendido de niñas el catecismo… Hasta que una tarde me confesó que sentía una nueva paz interior.

Su forma de vestir también fue transformándose. Los escotes (que llevaba muy pronunciados) y vestidos ajustados dieron paso a ropa cada vez más holgada y larga. Incluso en verano llevaba mangas amplias y telas ligeras que no dejaban interpretar su silueta. Un día apareció con el pelo cubierto por primera vez. Me quedé mirándola más de lo que debía. Aquella melena rizada había desaparecido bajo el pañuelo. Ahora solo se le veía el rostro.
Pero su cara seguía siendo la misma: los mismos ojos verdes casi esmeralda, la misma sonrisa grande dejando lucir sus dientes perfectos… La gente murmuraba, como no.. Algunos hablaban de pérdida, de sumisión, de influencia. Especialmente sus padres, que no paraban de repetirse que “habían perdido a su niña”. Yo también tuve dudas, miedo incluso de que estuviera renunciando a quien era.
Sin embargo con el tiempo entendí que no había dejado de ser Laura. Seguía apasionándose en las discusiones políticas, seguía llamándome cuando estaba triste, seguía riéndose hasta llorar con nuestros recuerdos de adolescencia. Había cambiado sus hábitos, su estética y su fe, sí. Pero la decisión (acertada o no) había sido suya.
Un día, tomando té en lugar de cerveza, me dijo: “No soy menos libre por cubrirme. Soy libre porque lo elegí”.
No supe qué responder. Tal vez la amistad también sea eso: aprender que las personas que queremos pueden recorrer caminos muy distintos a los nuestros, y que quererlas no significa entenderlo todo, sino acompañarlas mientras descubren quiénes quieren ser. Aunque he de reconocer que para mi ha sido y es, bastante duro ver este cambio en ella.