Hace ya unos cuantos años que fui a vivir con mi marido.
Cuando decidimos ir a vivirnos juntos yo acababa de cambiar de trabajo y él estaba en el paro. La verdad es que alquilé un piso para mí pero sabiendo que al final él echaría bastante tiempo en esa casa. Y como era de esperar, más pronto que tarde, empezó a traerse cosas, a mirar conmigo muebles y esas cosas que hacen las parejas que han decidido empezar a vivir juntos.
Como la situación era la que era y en ese momento él no tenía trabajo, su padre intentó tranquilizar a mi madre, que no vivía cerca de nosotros diciéndole que ellos nos echarían una mano en todo lo que necesitáramos.
El caso es que como eran los únicos que teníamos cerca, les dimos una copia de la llave por si algún día pasaba algo y necesitábamos entrar en casa. Al poco tiempo de empezar a vivir juntos, mi pareja encontró un trabajo a media jornada, por lo que casi todos los días él llegaba a casa antes que yo y se encargaba de hacer la comida para los dos.
Al principio sus padres no venían mucho, pero desde que mi pareja empezó a trabajar, comenzamos a encontrarnos tuppers de comida en la mesa del salón cuando llegábamos de trabajar.
Ya sé que estaréis pensando que vaya suerte teníamos, y nosotros también lo pensábamos así, aunque muchas veces ya teníamos nuestra propia comida preparada.
Con el tiempo empezaron a venir más, si venían de visita solo timbraban en la puerta de casa y ya abrían ellos la puerta del portal. Al año siguiente, nos casamos y unos meses después tuvimos a nuestro bebé. Por supuesto las visitas pasaron a ser a demanda de ellos y como no, entraban con su propia llave, porque así “no teníamos que levantarnos para abrir”. No importaba lo que estuviéramos haciendo, ni si yo tenía un pecho fuera para darle de comer a mi hijo…
Cuando nuestro hijo estaba a punto de cumplir 2 años nos mudamos a nuestra propia casa, habíamos decidido comprar un piso no muy lejos de donde vivíamos. Por entonces no lo sabíamos pero en esa casa pasaríamos a vivir 4 personas, ya que la salud de un miembro de mi familia hizo que tuviera que mudarse a nuestra casa, en principio de forma provisional, pero finalmente de forma definitiva.

Al mudarnos creímos que sería la mejor manera de cortar este hábito que nos ponía de los nervios pero que no éramos capaces de abordar con ellos. Siempre creímos que para ellos estaba siendo una manera de no molestar aunque realmente para nosotros fuera todo lo contrario.
El caso es que decidimos no darles llave de nuestra nueva casa, alargamos el momento a pesar de que se quejaban de que no funcionaba bien el timbre, que si pasaba algo no tenían llaves, que si necesitaban entrar a ayudar a mi familiar no podían…
Al final caímos, les dimos las llaves otra vez. Creímos que estaban entendiendo la indirecta, pero…craso error!
Era igual pero con la diferencia de que ahora en nuestra casa vivía otra persona, con movilidad reducida que no podía sentirse cómoda cruzando desnuda del baño a la habitación porque en cualquier momento la puerta de la casa se abría y la cogían totalmente desnuda en el pasillo.
Hasta que un día, estando mi pareja en casa, la puerta se abrió y apareció su padre en el pasillo, al que tuvo que frenar antes de dar más pasos diciéndole lo que hacía mucho que debía haberle dicho, y recalcándole lo importante que era para nosotros saber que conservaríamos nuestra intimidad, y que aunque eran bienvenidos a nuestra casa, tendrían que acceder a ella después de tocar el timbre.
Nos costó una conversación incómoda que seguramente no se habría dado de una manera más tranquila, y ganamos la tranquilidad de saber que nadie se cuela en nuestra casa, aunque ya no aparezcan tuppers de comida en el salón.
Escrito por Kerasi.