Hola a todo el mundo.
Hace unos meses escribí contando que algo inesperado había pasado en mi familia. No sé poner el link de mi post anterior, pero resumo: el primer amor de mi marido, que había desaparecido sin dejar rastro tras varios años de relación, le contactó para decir que tenía una enfermedad terminal y que tenía un niño que era hijo suyo del que no había avisado. En su momento, esto fue un «patapasparriba» muy grande, aunque nunca dudamos de traernos al niño.
Como a mí me gusta mucho leer vuestros desenlaces y segundas partes, y además me ayudasteis mucho, os cuento cómo ha ido.
Mi marido, un hombre maravilloso, me lo contó preocupado por mi reacción, y se relajó al ver que yo no dudé de acoger a ese pobre niño. Su siguiente emoción fue enfado. Le cabreaba pensar que se había perdido ver crecer a este niño (que tenía 11 años ya), y que él había crecido privado de un padre. Él lo pasó mal tras la ruptura porque ella se fue sin decir nada, le hizo ghosting después de 3 años de relación (estaban en el instituto aún, pero tenían una relación seria para su edad). Le bloqueó a él y a todo su entorno, fue muy duro… Y de pronto saber que el motivo de la desaparición fue ocultarle su embarazo… Estaba enfadado. Por otro lado, tenía mucha pena por pensar que alguien a quien había querido tanto iba a morir pronto y muy joven, dejando huérfano a un crío. Además, el miedo de reestructurar nuestra propia familia, metiendo un adolescente en pleno duelo en casa, con una niña de 2 añitos (ahora ya 3) que tenemos. Un cúmulo de cosas muy fuerte.
Yo estaba igual de cagada o más que él, la verdad, pero sabíamos que la principal víctima era ese niño (y su madre, claro) y que íbamos a hacer lo posible por facilitarle este golpe.
A partir de ahí, todo fue muy rápido… La chica se llevó al niño a un lugar especial para ellos y allí le dio la noticia. Supongo que sería un momento horrible… Cabe destacar que no tienen más familia (de hecho, ella se marchó cuando vio el positivo porque su familia era muy disfuncional y sentía que no se merecía desmontar los sueños del padre de la criatura, por miedo al abandono, sensación de no valer para nada…). Les dimos unos días para digerir la noticia, si es que podemos llamarlo así. Pensad que en un momento se enteraba de que iba a perder a su madre y se iba a tener que ir a más de 600 km de su casa con un padre al que no conocía y con una mujer y una hermana recién aparecidas. Con 11 añitos… De locos.
Hicieron una videollamada mi marido y ellos, pensamos que sería mejor que tuviesen ese momento ellos solos, y pocos días después, otra, en la que al final saludamos mi hija y yo. El niño tenía una carita de desconcierto que solo daban ganas de abrazarlo. Y la madre… Esa madre… Su boca sonreía pero sus ojos eran reflejo del dolor más grande.
En cuanto pudimos, hicimos un viajecito a conocerlos. El crío cortado, abrumado. Mi marido, la verdad, también. La madre y yo tuvimos una conexión muy fuerte… No sé, me rompía el alma imaginar qué debe sentir alguien que sabe que va a morir joven. Pero más me rompía el alma pensar qué debe sentir alguien que va a dejar solito a un hijo. Porque, no nos engañemos: yo sabía que mi marido y yo íbamos a hacerlo lo mejor posible, pero ella a mí no me conocía de nada, y a él sí, pero habían pasado muchos años y al final tampoco sabía cómo había podido cambiar. Me imaginaba tener que dejar a mi niña dentro de unos años con una familia de la que no supiese nada, y solo me entraban ganas de gritar como una loca. Yo solo quería que le quedase claro que íbamos a poner todo en el asador para que el niño estuviese a gusto. Y creo que lo supo.
Mi marido también logró perdonarla. Entender que era una cría de 18 años muy vulnerable, con muchas heridas de infancia y abandono, y que actuó creyendo que hacia lo mejor. Ella misma le dijo que se había arrepentido mil veces a medida que veía crecer al niño. Que se fue por miedo a otro abandono y por miedo a hacerle rechazar un sueño que estaba a punto de cumplir (ir al extranjero con una beca a formarse en algo que le apasionaba). Él encontró respuestas a algo que le hizo mucho daño de joven, y una explicación a que le ocultase algo tan gordo como un hijo. Y le ha ayudado a cerrar una herida, pienso.
Me encantaría decir que sucedió un milagro, que encontraron un tratamiento mágico y ella sobrevivió, que ese niño sigue en su hogar con su madre y encima ha ganado un padre, una hermana y una madrastra que le quieren.
Pero la vida no es así…
Pasaron 4 meses y medio desde ese día en que mi pareja subió a casa llorando diciendo que tenía algo que contarme, hasta que ella murió. Fue muy duro… Mucho. Una chica de 30 años que tuvo una infancia de mierda y que sacrificó su juventud para criar sola a un niño maravilloso y lleno de amor.
Me quedan dos consuelos.
El primero, que tres días antes de que la sedaran para empezar el proceso del que nunca volvería, por WhatsApp, me dijo que se sentía tranquila porque tenía la certeza de que el niño iba a encontrar en mí otra madre. Yo le dije que yo nunca iba a ser su madre, porque eso es insustituible, pero que él para mí sí iba a ser un hijo, y por él iba a dar todo como por mi hija: cariño, consejos, confianza, oportunidades, límites y regañinas. Me dijo que eso era todo lo que necesitaba para irse en paz.
El segundo consuelo fue que no murió sola: mi marido, su primer amor, el padre de su niño, estuvo con ella desde el momento en que la sedaron, y estuvo cogiéndoles la mano a ella y al hijo que crearon entre los dos, hasta el final. Y ese chavalito se despidió de su madre abrazando a su padre.
Hemos pasado el verano readaptándonos. Como nos aconsejasteis varias, todos tomamos terapia, pues esto nos ha marcado. El chico, que está a punto de cumplir 12 años, quedó hecho polvo: perder a su madre, que además era su única familia; despedirse de todos sus amigos en una etapa tan significativa como la entrada a la adimesce; separarse de su tierra, a la que tiene mucho apego; acostumbrarse a una familia nueva con nuestras propias rarezas y costumbres… Sin embargo, nos lo está poniendo fácil. Es educado, tímido pero cariñoso, servicial… Y ahora que está empezando a sentirse en casa, intuimos un sentido del humor muy bonito. Acaba de empezar el instituto y ha hecho migas con un par de chavales que parecen majetes, bajan a jugar a fútbol a la plaza y se les ve buenazos e inocentes como él.
Pero lo mejor de todo es su relación con mi hija: es la única que consigue sacarle sonrisas sinceras, creo que ella está siendo la cura de su corazoncito roto. Juega con ella con una dulzura y un amor increíbles, le cuenta cuentos, le dibuja unicornios y Blueys a todas horas… Y la niña está inmensamente enamorada de su tete. Me puedo pasar horas mirándolos juntos.
Y nada, aquí os dejo esta historia, que no tiene un final feliz, pero sí esperanzador: la vida puede ser horrible, pero tiene momentos increíbles.
Gracias por leerme.
